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La Alhambra

la alhambra2 La Alhambra

Recostado sobre unos cojines, aspirando el aroma de los jardines, y meciéndose con el rumor de una fuente, descansa el último rey moro. Sus ojos se pierden en los arcos calados de yeso, en los azulejos y yeserías de oro y matices, en las pesadas cortinas, en los vidrios de colores… Nuestros ojos se pierden en esos recuerdos, en las vivas imágenes que se escaparon al paso del tiempo, en los misterios que emanan de las paredes de la Alhambra.

Historias de aventuras, de sangre, de pasiones y leyendas cobran vida en este complejo islámico. Todo en la Alhambra está concebido para conseguir el máximo goce de los sentidos: los jardines, los patios y fuentes, las piletas, la iluminación, las flores… Son muchas las características que hacen de este lugar uno de los más bellos palacios árabes, y el mejor conservado de los que quedan en el mundo.

La Alhambra se alza imponente sobre la cima del Cerro de la Assabica, a orillas del río Darro, y al pie del macizo de Sierra Nevada. Domina a Granada desde un sitio estratégico: al norte, el Valle del Darro; al sur, el Valle de la Assabica; al este, el barrio árabe Albaicín, el monte Mauror y el cerro del Sol.

Es tentador perderse en el laberinto de palacios, museos, iglesias, estancias… Caminar por los diferentes senderos que unen las residencias privadas de los reyes nazaritas con los palacios del harem… Imaginar al sultán junto a su cortejo de mujeres, concubinas, hijos, sirvientes… Tentarse y ansiar los tradicionales, casi litúrgicos, baños árabes. Resulta peligroso quedar atrapado en los halos de su historia, seducido por el perfume de sus rosas y jazmines, enceguecido por la belleza de sus formas.
CUENTA LA LEYENDA
Cuenta la leyenda que en la Sala de los Abencerrajes, Muley Abul Hasán hizo asesinar a todos los hijos que había tenido con su primera esposa, con el fin de que el trono fuese heredado por el hijo de Zoraya, su favorita.

Así es que las manchas de óxido de hierro que hay en la fuente, no son otra cosa que indelebles huellas de la sangre derramada por el parricida.

También circula la historia de que, en esa estancia, fueron asesinados 37 caballeros abencerrajes por orden de Mohammed X, sólo para engañar y conspirar en contra de uno de sus enemigos.

Aún se perciben, en las estancias del Harem, las huellas de las odaliscas, de las esclavas y de las favoritas que, más de una vez, fueron la causa de los incontables crímenes pasionales; y que fueron también parte de los Cuentos de la Alhambra con los que el escritor inglés Washington Irving (1783-1859) revivió el mundo árabe.

Se escucha el rumor de que el día que la Puerta de la Justicia se quiebre, será el día del Juicio Final.

LA HISTORIA DEL CASTILLO ROJO
Cuenta la historia que la Alhambra fue reedificada por la noche y que el fuego de las antorchas, reflejado en las palas de los trabajadores, resplandecía e iluminaba varios kilómetros. Por esto o por el matiz rojizo de la arcilla de sus paredes se llamó a la fortaleza el castillo rojo. De acuerdo a esta teoría la palabra Alhambra sería el resultado de la castellanización de las palabras árabes Calat-alhamrá, que significan castillo rojo.
La época más gloriosa de la Granada árabe se inicia en la Edad Media. En este período de esplendor, la España musulmana creó la maravilla arquitectónica de la Alhambra. En 1238, el monarca Mohamed Benalahmar convirtió la sequedad y aridez de las laderas granadinas en jardines y palacios dignos de la más ferviente sensibilidad árabe. Así, llevando agua del río Darro a la cima del monte, se inició el futuro teatro de las grandezas, servidumbre, y no pocos sangrientos enfrentamientos de la historia del reino de Granada.

Dos siglos y medio después se produjo la ruina de la dinastía árabe. El 2 de enero de 1492 los habitantes de la Alhambra se despertaron en una ciudad cristiana. Las murallas no habían podido detener a los reyes católicos. Los moros fueron desterrados.

Boabdil, el rey árabe, no pudo defender a su fortaleza. Las malas lenguas dicen que por causa de su afinidad al ocio y a las fiestas. Culpable, abatido, se alejó sin mirar atrás. Solamente, una vez en la colina -conocida como El Suspiro del Moro-, giró… suspiró y lloró. “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”, le dijo su madre.

MOROS Y CRISTIANOS
Desde la cima, la Alhambra combina lo grande con lo pequeño, lo majestuoso con los más sensibles detalles. El orden arquitectónico es parte y hace uso de los elementos naturales: aire, agua y luz. La geometría anida en los innumerables arcos calados, en los azulejos policromados, en las muchas columnas, puertas y ventanas que hacen de este arte una geometría humanizada.

Los musulmanes, herederos de quienes tuvieron vivienda tan provisional como las tiendas del desierto, no dudaron en mimarse en las laderas andaluzas. Algunos dicen que en Oriente las paredes no se adornan por estética, sino sólo para ocultar la miseria de los muros de barro. Como sea, el fin justifica los medios.

La Alhambra se fue modificando y construyendo en el tiempo. Un poco, o bastante, por la incomprensión cristiana, y otro poco por el espíritu de novelería de sus habitantes. Todo es cambiante, se va de sorpresa en sorpresa. Por ejemplo, en la Sala de los Reyes aparece pintado sobre el abovedado techo la estampa de diez soberanos musulmanes reunidos en asamblea y sentados en cómodos almohadones. Teniendo en cuenta que el arte musulmán rehusa representar la figura humana -de acuerdo con el espíritu del Corán- resulta lícito suponer que las pinturas de esta estancia son obra de un artista cristiano.

Los cristianos no sólo pintaron techos en los palacios árabes, sino que también construyeron edificios, entre los que se destaca la estructura del Palacio de Carlos V. El rey, nieto de los reyes católicos, fue a pasar un verano a Granada, y se enamoró de la región. Entonces decidió construirse un “recinto”. Fue así como, en 1527, el arte renacentista empezó a formar parte de este espacio sensual moro.

Detrás de estos cruces de culturas y estéticas diferentes, también se levantaron edificios de los que hoy apenas quedan recuerdos.

EL GENERALIFE, UN SPA REAL
Era la villa de verano de los reyes árabes y su nombre significa jardín del alarife: Gennat-Alarif. Parece que fue construido a mediados del siglo XIII y reformado en varias ocasiones. Está situado en las pendientes del Cerro del Sol.

Los caminos de la Alhambra conducen a la belleza de sus jardines, a sus románticos santuarios, galerías, laberinto de glorietas, y estratégicos miradores. Se dice que estos jardines fueron inspirados en la imagen del Paraíso Terrenal. El agua es el mesías, el elemento fundamental que domina las perspectivas: fuentes, canales y estanques. La estructura de estos jardines nazaríes se caracteriza por ser íntimos, por estar protegidos por geranios y claveles, por muros de cipreces recortados… por cerrarse a los ojos ajenos.

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Desde Madrid, en bus o tren, a Granada. Y a la Alhambra, desde el centro de la ciudad caminando (subir la colina), en bus o taxi.

¿CUÁNDO IR?
Durante todo el año, preferentemente, un día de sol.

RECOMENDACIONES:
Llegar temprano porque sólo pueden ingresar 8.000 personas. Además los trayectos son muy largos y se necesita todo un día para recorrer bien el lugar. La mayor parte del recorrido es a la intemperie: es recomendable llevar protección solar, en verano, y/o abrigo, en invierno.

IMPERDIBLES:
Todo en la Alhambra es imperdible. En Granada: caminar por las callecitas del Barrio árabe Albaicín y comprar artesanías.

Grecia, Las Cíclades

europa Grecia, Las Cíclades

Este conjunto de 34 islas que salpican el mar Egeo es fuente interminable de inspiración de escritores y artistas. El nombre se debe a que se encuentran reunidas alrededor de Delos, la Isla Sagrada de la Antigüedad, en donde, de acuerdo con la mitología, se refugió Leto para dar a luz a dos dioses: Apolo y su hermana gemela Artemisa.

Las Cíclades son muy semejantes desde el punto de vista geográfico y ambiental, en todas se encuentra el paisaje árido con sus pequeñas y blancas casas, los macizos rocosos y el mar azulísimo. Sin embargo, cada isla conserva sus tradiciones y narra su propia historia.
Entre las más destacadas podemos señalar a Míkonos, Paros, Naxos, Amorgos, Ios y Santorini. Como consecuencia de su herencia cultural, sus habitantes tienen un orgullo e identidad muy fuertes. No nos olvidemos de que son griegos; simbolizan la “cuna de Occidente”, constituyeron siempre el “umbral entre Europa y Asia”, poseen un legado en literatura, filosofía, arquitectura y escultura de un valor incalculable y hoy en día, sus islas son reconocidas en el país y el resto del mundo como un paraíso para el turista. Este orgullo también lo sienten por su idioma, y les gusta cuando los visitantes usan algunas de sus palabras: kalimera (buen día), kalispera (buenas tardes), efkharisto (gracias), yassou (salud).

Estos mismos habitantes, en un principio por razones prácticas de protección, se convirtieron en creadores de un original estilo arquitectónico que se distingue por la plasticidad de sus formas y la sobriedad de sus líneas. Pequeñas y blancas casas con ventanas pintadas de colores intensos, callejuelas empedradas y empinadas, todo construido con el arte incomparable de los isleños.
Las bellas Cíclades muestran sus puertos plagados de coloridos barquitos pescadores y cantidad de lujosos veleros de banderas lejanas. Las rodea un mar tranquilo, que a veces (para quienes vivimos en las costas del Atlántico Sur) parece más un gran lago de agua salada. Las adornan gran variedad de capillas y pequeñas iglesias, blanquísimas y de cúpulas celestes, además de los antiguos y vistosos molinos de viento, siempre en lo alto de alguna colina y observando pacientemente el mar.
El Egeo impresiona por su luminosidad y transparencia. Navegar por él es uno de los sueños a cumplir por todos aquellos amantes del deporte a vela o las travesías marítimas. Su fama se debe en parte a su célebre pasado, que lo hizo testigo del nacimiento de la historia occidental, de la mitología, de la leyenda…, pero también es producto de su belleza natural presente, que da forma a un escenario grandioso, en donde las islas y el sol protagonizan diariamente un eterno romance.

La exclusividad de estas islas se debe principalmente a su singular contexto geográfico. En ninguna otra parte del continente europeo existe semejante conjunto de pequeñas superficies de tierra regadas en el mar, y además son las más accesibles desde el continente, y por eso mismo las más frecuentadas por el turismo.
Nacidas de erupciones volcánicas o de enormes deslizamientos de tierra, todas están dotadas de escarpados riscos y acantilados, playas tranquilas o de asombrosas arenas negras y espectaculares caminos sinuosos que las atraviesan.

Es muy divertido recorrer estas hermosas rutas en pequeñas motos o scooters de alquiler ($10 por día). De pueblito en pueblito, de playa en playa, de punta a punta de cualquiera de las islas, la moto es el transporte ideal. En las más tranquilas como Amorgos, sólo un pastor y su rebaño pueden llegar a detenerte. Sorpresivamente te podés cruzar con algún automóvil. El sol y el viento del Mediterráneo te pegan en la cara…
El tránsito es más importante en las turísticas Míkonos y, sobre todo, Santorini. Allí es muy difícil que puedas alquilar moto sin presentar la licencia de motociclista requerida (las multas son elevadas).
Otro de los placeres que te ofrecen las islas es la comida, comenzando por el popular giros pita (especie de sandwich con pedacitos de carne al grill bien crocante, tomate, cebolla de verdeo y una salsa exquisita llamada tzatziki). Otro clásico es un plato llamado moussaka (parecido a un pastel de carne al horno). La sabrosa ensalada griega (greek salad o choriatiki ) contiene aceitunas, tomate, cebolla, pepinos y una gruesa feta de queso de cabra, todo con aceite de oliva. Y una lista interminable de deliciosas preparaciones más que dieron fama y renombre a la cocina griega en todo el mundo.
Hay que probar el café frappé (servido en un vaso de trago largo, frío y con hielo); se toma mucho en el verano. Ellinikos es el café a la griega. Se lo prepara vertiendo en el briki (recipiente) simultáneamente agua fría, el café molido ultrafino y el azúcar. Después de dos o tres hervores (hay que retirar la infusión del fuego cada vez que sube) se deja reposar unos minutos y se bebe en pocillos pequeños. Es muchísimo más fuerte y aromático que el que solemos tomar los argentinos.

Las playas son variadas y para todos los gustos. Pueden ser de arenas claras o negras, de piedras pequeñas o de grandes rocas, generalmente con muchas europeas en topless y opciones de playas exclusivas para nudistas y gays. Pueden no tener ningún servicio o sombrillas, reposeras, bares, restaurantes, alquiler de tablas de windsurf, canchas de voley, etc. La temperatura del agua es muy agradable entre fines de junio y mediados de noviembre; de diciembre a mayo es fría.
La vida nocturna se disfruta al ritmo de música internacional y tragos de alta graduación alcohólica, en bares, discos, playas o en la misma calle.
La gente joven y cosmopolita es mayoría en islas como Ios y Míkonos.
Santorini es mas “chic” y muy cara. La frecuentan mucho las parejas, que cenan mirando el mar a la luz de unas velas en sofisticados restaurantes con estilo siempre romántico.
Las Cíclades cuentan también con atractivos culturales como las ruinas de la Antigua Grecia, lugares arqueológicos como la Isla Sagrada Delos, cantidad de restos de templos o santuarios diseminados, como es el caso del de Apolo en Naxos (una isla pródiga en mitos e historia), ciudades sacadas a la luz luego de años de excavaciones como Acroatiri (auditorio), en Santorini. Es de enorme interés el Museo Arqueológico, que funciona en donde antiguamente fue la escuela a la que asistió Nikos Kazantzakis, autor de Zorba el Griego. También son muy interesantes las iglesias y monasterios del milenio pasado, en épocas bizantinas. Un maravilloso ejemplo es el monasterio de Jazoviotissas, construido pegado a un acantilado de 200 metros sobre el mar en Amorgos, una de las islas más bellas y tranquilas.
Paseos con negocios de artesanías y joyerías es lo que abunda, sin embargo tampoco faltan los negocios de ropa, cerámica, relojes, alfombras, pinturas, fotografía, curiosidades y todo tipo de souvenires.
Cantidad de yates y cruceros de todo el mundo pasean en los puertos y las costas de este encantador grupo de islas, que se completa con las aún más pequeñas, muy auténticas, solitarias y tranquilas, como por ejemplo Sikinos, Foléngrados o Anafi. Sin embargo nunca se encuentran aisladas del resto, una importante flota de ferries, alíscafos y pequeños barcos conectan a las Cíclades entre sí o hacia el Pireo (Atenas), hacia Creta o también hasta las islas más importantes del Dodecaneso como Rodas o Kos.

Cuando bajás de los ferries en alguna nueva isla a visitar, los mismos habitantes propietarios de habitaciones o departamentos de alquiler te reciben ofreciéndote sus económicos alojamientos (alrededor de $16 la habitación doble) y el traslado con tu mochila o valijas hasta el lugar. Generalmente todos tienen tanques con paneles solares, muy efectivos a la hora de bañarse con agua caliente. En muchos casos te dan habitaciones con cocina y heladera incluida. Esta posibilidad de cocinar hace que tu viaje por las isla pueda llegar a realizarse con muy pocas dracmas.
La industria del turismo es desde décadas atrás el principal medio de vida de los isleños y tiene gran variedad de servicios y distintas calidades y precios.
Miles de visitantes desembarcan anualmente y comprueban que éste es uno de los mejores lugares donde rendirle culto al sol y al mar. Nadie duda hoy en día de la belleza de las Cíclades, que gracias a sus dotes ha logrado fama internacional. De todas aquellas islas, grandes y chicas, uno regresa no sólo con pesar, sino con la nostálgica sensación de haber estado en un sitio donde misteriosamente no transcurre el tiempo.
Texto y fotos: Diego Biosca.

El pasado de las islas

Todas las islas griegas tuvieron una turbulenta historia. Pobladores de todas partes del Mediterráneo se establecieron en ellas desde la Prehistoria y desarrollaron deslumbrantes culturas.
Están habitadas desde el Mesolítico. En la Edad de Bronce floreció una cultura particular, el cicladismo, la cual dejó muestras de un arte único. Son muy famosas las vasijas de las Cíclades, con sus excepcionales tallas y pinturas decorativas. Pero su creación más importante son las figuras de mármol del primer período, que constituyeron las primeras esculturas de Europa.
La erupción del volcán Sira (Santorini) en 1550 a.C. señala el fin de la cultura cicládica así como el inicio de la dependencia de las islas de la cultura micénica. Más tarde se establecieron jonios y dorios en colonias que formaron parte de la Alianza Ateniense cuyo centro era Delos. Luego las islas fueron reclamadas por los macedonios, los ptolomenses, los dorios y los romanos. En la época de Bizancio fueron saqueadas por los piratas y después ocupadas por los francos y venecianos. Finalmente, durante la Revolución de 1820, todas las islas formaron parte en la lucha contra el Imperio Turco-Otomano.
Todos los detalles de aquel mundo antiguo, que continúan vivos a través de los restos y ruinas, logran fascinar hoy hasta al más indiferente a la historia antigua.

El cataclismo natural más violento en la historia de la humanidad

Santorini debe descubrirse con la luz matinal. El barco entra en la bahía navegando a lo largo de los abruptos acantilados, que cortan un apilamiento de derrames de lava oscura, estratificada con piedra pómez clara y escoria enrojecida. Arriba, las aldeas blancas y luminosas dominan esa muralla natural. Abajo, el mar agita algunos veleros y barcas de pescadores. Se tiene la impresión de que se entra en el cráter de un volcán gigante.
En realidad, se trata de una caldera de 83 kilómetros cuadrados, provocada por el derrumbe del techo de la cámara magmática que alimentaba al volcán primitivo. Esta fue vaciada de su contenido por una serie de explosiones violentas que proyectaron nubes de cenizas formadas por fragmentos de vidrio volcánico y residuos de rocas antiguas; en los sedimentos del mar Egeo se puede encontrar un nivel continuo de esa clase de partículas, en una extensión elíptica que mide 600 kilómetros de largo y 300 de ancho. La catástrofe llegó a su paroxismo cuando aquella depresión fue invadida por las aguas. Es de imaginar la incontenible violencia del maremoto que se produjo. La explosión debió ser espantosa y los daños, incluso en lugares tan alejados como el este de Creta, fueron atroces.

Dublin

castillo de dublin escocia Dublin

INTERIOR, HABITACIÓN, SEMIDORMIDA
El aluminio de una lata de Guinness vacía brilla junto a un paquete abierto de galletitas de chocolate sobre mi mesita de luz. Por la ventana entra un viento suave que hace flotar con gracia una cortina verde y deja ver, de a ratos, pedacitos rojos de Irlanda: la edificación baja y de ladrillos a la vista del barrio obrero donde paro; un poco más lejos se recortan chimeneas en desuso de fábricas abandonadas. Levanto la lata y mirándola fijo, sentencio:
-Esto es Dublin. Esto.

En casa convivimos una coreana que se la pasa desafiando a quien sea al ping pong en un inglés impecable, un francés que mira todo con aires de fino (pero no lo es), un holandés que de correcto, aburre, y otra argentina que puertas afuera se hace pasar por española para poder trabajar legalmente. Todos escapamos del polaco que regentea el asunto. Él contabiliza todas las mañanas tempranito la cantidad de pies en cada colchón. Por cada par, cobra 15 pounds irlandeses.

Hoy me pasa a buscar Stephen en su fiorino blanca. A eso de las 10 me toca bocina desde la calle como marca el reglamento universal del novio con movilidad propia. Tiene un reparto de Guinness. Todas las mañanas debe asegurarse que en ningún pub de su recorrido le falte el maná marrón oscuro. Como buen irish boy se enorgullece de su apellido O’Brien. La O con apóstrofe significa “hijo de”, y la lucha de Stephen más encarnizada es contra los “mac” escoceses y los “son” ingleses, especialmente estos “son” que son tan son. Eso sí, mucha flema y mucha isla verde pero en su estéreo no hay mañana que falte música pop coreana. Tampoco hay que agotarse en lo propio.
-U2 es para los turistas-, me dijo una tarde.
-A mí me gusta Bono.
-¡Ah! Tú también, you too, U2-. Sentí que lo decepcioné.

Él es capaz de empezar el reparto por el medio, arrancar para atrás, después irse a la mitad de la mitad y arrancar de nuevo, y así. Pero yo tengo uno preferido, y hoy que es un día para recordar porque de hecho lo estoy recordando, decidimos seguirlo: el recorrido de descuarticemos a la monarquía.
Los irlandeses, al igual que sus enemigos ingleses, tienen la manía de nombrar a sus pubs por pedacitos de reyes, reinas, infantas y duques; que las piernas de uno, los brazos de otro, la cabeza de tal señor.

Una manera de recordarles a los de sangre azul que allá en Francia, del otro lado del charco, una revolución bastó para desalojarlos de casa. Uno de los más antiguos, The Duchess’s arms (Los brazos de la duquesa) nos recibe entre alfombras en las paredes, pisos y techos.
EXTERIOR – CALLE, CONFUNDIDA
Salgo a la calle. Enfrente a casa hay una pintada gigantesca del IRA: “One law, one land, one trhone”, dice rematando el dibujo de un fusil marrón oscuro sostenido por un puño excesivamente grande. Las letras de la frase: negras, gruesas. “Una ley, una tierra, un trono”.

Al querer bajar la vereda tengo una sensación que va a repetirse muchas veces y a la que no me voy a poder acostumbrar mientras esté en Irlanda: sentir que estoy haciendo las cosas exactamente al revés. Cuando miro hacia la derecha para prevenirme de los autos que vienen hacia mí, encuentro que en realidad en esa dirección los coches van y debo girar inmediatamente y retroceder. Lo intento de nuevo, digamos, racionalmente, pero en lugar de mirar hacia la dirección adecuada, todo lo que logro es adelantar la pierna derecha si antes había adelantado la izquierda, y viceversa -nunca tan bien puesta esa palabra-. Pero ésa es la realidad del tráfico en Irlanda, lo que guarda una extraña simetría con el arco ideológico en un país donde al catolicismo hay que ubicarlo en la extrema izquierda.

Quizá el de Irlanda sea uno de los catolicismos más tristes de todas las latitudes. Está hecho de piedad y silencio, pero de un silencio combativo y resistente.

Irlanda es independiente al sur y forma parte de la corona británica en el norte. En 1916 Irlanda declaró su independencia. Gran Bretaña aceptó el asunto a regañadientes y puso sus condiciones: los seis estados del norte de la isla, donde vivía la mayoría de los protestantes escoceses e ingleses, serían independizados después de la Primera Guerra. Pero una guerra llevó a la otra y nunca hubo un huequito en la apretada agenda inglesa para tratar el tema. Y así están todavía: esperando, “one law, one land, one trhone”.

INTERIOR – COLLEGE, CULTA

Cruzo la calle, una vez más a contramano, pero llego a salvo a la puerta del Trinity College, un orgullo pretty Irish. En las paredes cuelgan fotos de sus alumnos más preciados: Joyce se codea con Beckett y Michel Collins. Y también están las fotos de los que no hay fotos en el aula: los millones de emigrantes que partieron a abrazarse con la estatua de la Libertad. Está John Fitzgerald Kennedy y su hijo John John, Eugine O’Neil. Oscar Wilde con las piernas tirando a obesas cruzadas una sobre otra con un sombrerote con plumas en la cabeza todavía joven, sonriente. Y una foto de un campo viejo y seco que sólo marca una fecha: 1845-1848. En esos años el país se vació. Entre muertos y emigrados desaparecieron de la verde Irlanda más de dos millones de personas: la cosecha de papas fracasó un año, y el siguiente y el siguiente y el siguiente. Y ellos, como buenos creyentes, siguieron rezándole a San Patricio, que de esclavo de la agricultura mutó a lo que es hoy, un sinónimo de cerveza y tréboles en celebración. El 17 de marzo la ciudad enloquece. Ese día todo está permitido: besitos y arrumacos entre desconocidos, faltar al trabajo, pedir “pido” si uno no entiende el juego, robarle el casco al policía, comer hostias sin bendecir. Pero hoy no. Hoy no es 17 de marzo. Hoy es 16 de junio, el día más detalladamente narrado en la literatura, el día en que transcurre Ulisses.

James Joyce necesitó 757 páginas en arial 12 para contar 18 horas en la vida de dos dublineses. Mientras el héroe del poema de Homero debe atravesar el Mediterráneo para llegar a lo que en aquel momento eran las puertas del mundo y así reencontrarse con su fiel Penélope, en la novela de Joyce, Leopoldo debe atravesar Dublin para volver borracho a la cama de Molly, su esposa que acaba de despedir a su amante.

INTERIOR – PUB, PUNTUAL

A las siete menos diez me pongo la chomba reglamentaria de Fitzsimons, el pub donde trabajo, me calzo las zapatillas negras y mi jefe abre la puerta en O’Connel street. Los primeros clientes son mis compañeros de habitación, el francés y la coreana master en tenis de mesa. Se apoltronaron en la barra confiando en que varias pintas de cervezas saldrían a mi cargo, bueno, no exactamente.

Los miércoles son los días de pago en Dublin. Eso significa bolsillos llenos, panza vacía y mucha cerveza a tomar. Una pinta de Guinness bien tirada exige respetar un ritmo: hay que hacerlo en etapas, por capricho de esa espuma espesa y tibia que se la da de lenta. Hay que tirar un poquito y dejarla descansar para que baje la espuma. Así 8 o 9 veces, con mucha paciencia, despacio. De este lado del pub los tachos de basura se van colmando; de aquel lado, un irlandés colorado en la cara, marrón en la cabeza y azul en los ojos se va enojado porque no está borracho y no le alcanzó la plata para lograrlo. Dos mujeres de unos cuarenta, saltan de la mesa con los vasos en la mano cuando suena The Cure. Bailan tambaleándose. Manchan la alfombra con cerveza negra. Cantan desparejo que no les importa la tristeza de los lunes, ni la depresión de los domingos porque los viernes están enamoradas. Dos viejos de traje que seguro en la mañana no estaban arrugados hacen palmas, y alientan muy borrachos a las damas: “Chickens, chickens, chickens”, les gritan. Ellas disfrutan del baile y de cuando en cuando se arremangan las camperas que a pesar del humo y el calor del pub no intentaron ni sacarse.

INTERIOR – PUB, ENAMORADA

Porque soy extranjera y trabajé de lo lindo y parejito, me permiten el honor de tocar la campana. El anuncio del último trago está dado. Ahora restan todavía dos horas de música y baile porque en un instante todos se lanzaron a la barra a pedir a cuatro manos más y más Guinness.

Llegó la hora de la melancolía, de volver a casa con el mono a cuestas. El DJ, el tío del dueño, le hace caso a su público y pone una que sepamos todos. Esto se pone serio. La gente pone cara de nada y canta, primero bajito y después con más fuerza en un inglés con letras U muy marcadas, la versión irlandesa de esa canción de Raúl Porcheto que batía récord de ventas durante la Guerra de Malvinas: “Hoy la Reina pasea en los jardines…” la, la, la, la.

Stephen, mi chico del reparto, me toma de la cintura y me rodea hasta ponerse frente a mi cara. Me besa y dibuja mi cara con sus manos.
Yo tengo las mías cargadas con jarras de cerveza y entonces él las agarra y me deja tomarlo de la cintura y besarlo. Y dibujarle su cara con mis manos.

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París

paris París

La acción se desarrolla en Marruecos, pero durante toda la película la capital francesa está presente como el referente del profundo amor entre Ilsa y Rick. A pesar de la guerra y de la obligada y definitiva separación, aquellos momentos felices quedarán intactos.
Esa misma idea de permanencia anima la imaginación universal. Para locales y extranjeros, París es aquella gran ciudad que consiguió transformarse continuamente sin alterar nunca su esencia. Su poderosa personalidad, pero más todavía, la conciencia de ese poder, hacen que parezca reproducirse a sí misma. Cuna de acontecimientos, personajes y movimientos que extendieron su influencia al mundo entero, sigue siendo vanguardia, 22 siglos después de que los galos la fundaran. Su fantástica historia de excesos no la agotó ni mucho menos; como una diosa indiferente se nutrió de su gente para convertirse en objeto de reverencia de toda la civilización occidental. París es París, y con esa maravillosa convicción cinco millones de turistas dirigen sus pasos hacia ella cada año.

Estar ahí es la oportunidad ideal para hacer amigos. Vas a volver con miles de direcciones, no solamente de Europa o Latino América, sino también de los lugares más insólitos. A mí me tocó compartir ocho días con un chico de Omán, un pequeño país al sur de Arabia. Piloto de helicóptero, era tal cual imaginé durante mi infancia a Alí Babá; lo único que le faltaba era el turbante. Con su elemental inglés, su picardía y su humor, Munir me hizo morir de risa. También me hizo pensar: parados frente a la tumba de Jim Morrison, me decía que él, por ser musulmán, no le encontraba sentido a visitar a los muertos.
La ciudad impuso el charme a cada uno de sus rincones. Lo visual se impone en ella de principio a fín. Es una gran vidriera en la que se impone la lógica de ver y ser visto. Nadie se salva de estar inmerso en la belleza, tropezando con ella paso a paso, viviéndola en el contacto físico. Con premeditación o sin ella, o más seguramente combinando ambas posibilidades, París siempre está lista para la foto. Son sus calles lo que anhelamos. Pasearnos a la orilla del Sena, sentarnos en algún café, ver la Torre Eiffell… por eso sacamos un ticket con destino “Orly”. Cada cosa en la capital contribuye al collage de postales en movimiento.
En principio, los bistrot (bares y restaurantes) son un punto obligado de la vidriera parisina. En ellos tiene lugar el rito cotidiano de leer el diario y reunirse a conversar. Pero, principalmente, la atracción es contemplar las instantáneas que la calle tiene para ofrecer. No es casual que todos saquen mesas a las vereda. Es la posibilidad de degustar el paisaje con absoluta comodidad.
Cambiando las sillas de los bares por las zapatillas cómodas y livianas, las caminatas descubren otras muestras de encanto urbanístico. Ciudad devenida mundo, París ofrece contrastes deliciosos. Por un lado, Les Champs-Élysées, la glamorosa avenida de veredas anchísimas por las que circulan gran cantidad de personas. Por otro, las tortuosas callecitas del barrio de Montmartré, zigzagueantes, empinadas y angostas. Entre una y otras, la diferencia es la de una vía triunfal, por la que el progreso avanza sin barreras, y un refugio de los bohemios de fines del siglo XIX, que se instalaron en Montmartré a confabular contra lo establecido y a favor del arte.

Las calles serán también, muchas veces, el comedor de los visitantes. A causa de sus precios altos, los restaurantes son figuritas difíciles para quienes hacemos viajes de bajo presupuesto. Entonces, la mejor alternativa gastronómica para nosotros es la súper típica baguette. Las combinaciones para rellenar éste delicioso y nutritivo pan son infinitas: queso, paté, sardinas, atún, manteca, sal, tomate …la consigna de los estudiantes de mayo del ’68, “la imaginación al poder”, se hace carne en los cientos de jóvenes que se sientan en los parques de la ciudad a saborear sus larguísimos sandwiches. No miente el viajero que sostiene que la Torre Eiffell impresiona, pero que las baguettes son de no creer.
París agrega a la belleza de sus calles el despliegue de la movida cultural que improvisa escenarios y atelliers al aire libre. La experiencia estética no está solamente al otro lado de las puertas de los museos. La fuerza de la tradición es tal que parece que su espíritu traspasara los poros de las paredes y alcanzara a toda la ciudad, pero desprovisto de la contractura típica de cualquier colección. Arte y vida cotidiana van de la mano y crean un ambiente único. El espectáculo sale a la calle y atrapa a los transeúntes. La actitud hacia los artistas callejeros es muy distinta a la que estamos acostumbrados a tomar. Se los respeta muchísimo y eso hace posible que se mantenga y reproduzca la costumbre.

¿Y cómo iban los habitantes a quedar fuera de la foto? Como todo en París, mujeres y hombres emanan estilo. Hasta los agujeros de sus pantalones comprados en el mercado de pulgas quedarían bárbaro en una coqueta recepción en nuestras tierras. Tampoco debemos olvidar el otro elemento que hace que no pasen inadvertidos y para el cual se dice que, hábilmente, inventaron los perfumes. En todos lados vas a asombrarte viendo ropa, pelos y accesorios rarísimos y de todos los tonos imaginables. Lo mejor es que se mueven con absoluta naturalidad porque nadie los mira con curiosidad o con mala cara. La cosa cambia con los extranjeros. Hartos de cruzarse con turistas en su camino a lo largo de toda su vida, los parisinos no van a tratarte precisamente con amabilidad cuando te acerques a preguntarles algo. Es fija. Además, hay algo en su manera de ser que los hace así de antipáticos. Ojalá nunca estés en medio de una huelga parisina. Yo sí estuve y fue bien feo. Situación: paro de ferroviarios el día que me iba al sur de Francia. Carteles indicadores de la estación apagados. Señor de informes que se niega a decirme si salen trenes rumbo a Niza para no boicotear la protesta de sus compañeros. Corrida por el andén. Subida desesperada al único tren que se mueve. Pregunta al guarda: ¿adónde va este tren? Respuesta: a España. Ok: au revoir Niza. En fin, los parisinos saben que son el centro de la admiración mundial, y van a hacerte sentir su mala onda. Son los hijos lógicos de la gran metrópolis.
Alojándose en cualquier punto de la ciudad, disponiendo de mucho o poco dinero, siendo fanático del arte o aburriéndose mucho con él, de día o de noche, París enamora a cualquiera. Su pasado, su presente y la manera en que se instalaron en el imaginario occidental explican la presencia que mantiene a lo largo de los siglos. Nosotros, como Bergman y Bogart, también la tendremos siempre. Antes y después de viajar.
El gallo es el símbolo de Francia, y los parisinos cacarean de orgullo mostrándole al mundo que París resplandece de manera tal que ninguna ciudad puede igualarla.

Circuito clásico y off en París
Es una lista muy larga de enumerar la de los atractivos de esta Ciudad Luz, no obstante acá te damos una lista de lo conocido y lo no tanto que no te podés perder y que no siempre aparecen en las guías.
Marché d’ Aligre, mercado de “pulgas”, frutas y verduras para ver y oler París a nivel del piso, comprar cosas baratas en un ambiente folklórico. Todos los días excepto los lunes, de 7.00 a 13.00.
- Plâce de la Opéra, con sus elegantes comercios y el famoso Café de la Paix y frente a ella la espléndida Academia Nacional de Música, el mayor teatro del mundo por su superficie, la cúpula interior fué pintada por Marc-Chagall.
-La Bagatelle. Si vas a tomar sol a esta plaza, algunos de tus vecinos serán hermosos pavos reales. Para tener en cuenta cuando pinta la fiaca.
-Barrio Latino o Saint Michele, cuyos restaurantes y salas de espectáculo resultan de lo más bohemio y colorido de París. Aquí se encuentra la Universidad de La Sorbonne, de prestigio mundial.
- Musée de Orsay, aloja al museo Impresionista, en una antigua estación de trenes remodelada, ejemplo del estilo arquitectónico de “la Belle Epoque”.
-No todo lo que brilla es oro. La imagen que te vas a llevar de París no son sólo sus monumentos. Reservá rollo y fotografiá a sus exóticos personajes.
- Plâce Vendôme, en cuyo centro se encuentra la columna de fuste historiado, construída por orden de Napoleón con la fusión de las armas tomadas al enemigo.
-Cena parisina. Con lo que ahorraste con las baguettes, date un buen gusto como cenar en algunos de los tantos restaurantes con un rico vino tinto
- Barrio Montmartré, la famosa colina con la basílica Sacre Coeur a cuyos pies se extiende una aglomeración de locales de diversión, bares, anuncios de strip-tease, célebres cabarets como el Moulin-Rouge, cargado de la atmósfera pintoresca del antiguo barrio parisino de los artistas.
-Marché des Puses. Acá podés comprar, vender y canjear ropa. Tiene mucha onda moderna y retro y te podés enterar de movidas copadas de verdad para la noche.
- Centro Georges Pompidou, alberga el Museo Nacional de Arte Moderno, en las calles de sus alrededores se respira “la liberté”, lo vas a notar observando cantidad de personajes underground, artístas, punks, etc.
-Campos de Marte a la noche es el lugar elegido por los jóvenes para reunirse a cantar, tocar la guitarra y contar historias.
- Barrio de la Bastilla, con su -pera moderna y sus pintorescos “Bistros” (bares y cafés) que tienen toda la onda parisina.
-La Vellette es un cine que acá no vas a encontrar. Su pantalla tiene 180º, podés meterte en la película como si fueras uno de sus protagonistas.

Para volver a ser chicos por un día.
Cada vez son más los viajeros que, cansados de museos, deciden tomarse un día y visitar los parques de diversiones en las afueras de París. Acá, nuestras recomendaciones:
Euro Disneyland
Un dia para reir, recordar, emocionarse y olvidarse de todo. Mickey, Pluto, Donald, Tribilín y compañía; el Castillo de los Cuentos; los salones del Far West; las aventuras de Indiana Jones y de los piratas. Montañas rusas con mucha adrenalina y la Casa del Terror. Discoverland, con su pantalla de 360 grados; películas tridimensionales y el simulador de las guerras de las galaxias, son sólo algunas atracciones que este parque tématico tiene para ofrecer. ¡¡No te lo podés perder!!
Ubicado a 30 kilometros al norte de París. El pase por todo el dia cuesta U$D 40 y desde París hay dos trenes (TGV y RER) que salen cada 15 minutos.
Parc Astérix

Si Mickey tiene su propio parque de diversiones en París, ¿cómo no lo iba a tener Asterix ? “La única aldea que resiste al Imperio Romano” en tamaño natural y por supuesto todos los personajes de la mítica historieta de Goscinny y Uderzo. Espectáculos, paseos, bailes, teatros, montañas rusas convencionales y acuáticas. Si querés un parque mas autóctono, más… “galo”, no faltes.
Está ubicado a 30 kilometros al norte de París. Se puede conseguir el pase para todo el día, más el transporte por U$D 40 en las estaciones de trenes RER.
Futuroscope
Mostrar imágenes que jamás viste es el reto de este parque ¡y qué manera de lograrlo! Es como el Discoverland de Euro Disney, pero ampliado, perfeccionado y cuidado hasta el más mínimo detalle. La tecnología aplicada a la ilusión e imaginación puestas en pantallas de 360 grados, perpendiculares, películas en tercera dimensión como nunca soñaste. Si querés salir totalmente maravillado, éste es el lugar.
De París-Montparnasse el tren tarda 90 minutos. El pase por el día cuesta U$D 30.

Moscú

moscu Moscú

Un color recorre Moscú, es el rojo de las banderas soviéticas que flameaban, altas, en los mástiles hace poco más de 10 años. Hoy quedan los edificios inmensos, las fábricas, la pileta olímpica para diez mil nadadores, el Museo de la Revolución. Antes un meridiano dividía al mundo, ahora la división de los espacios la marca el tiempo.

Tengo los ojos rojos. Son las banderas que flamean coloradas, enormes en el cielo gris. Los martillos aparecen y desaparecen entre pliegues de telas enormes, la hoz se esconde amarilla hasta mezclarse con el sol apenas tímido del invierno moscovita.
Es 1989 en el cielo. A 20 metros de altura, la Unión Soviética se niega a desaparecer. Abajo, en tierra, el Imperio Soviético se derrumba. No hay papas. El rublo cae y cae a cada hora. En Buenos Aires, las diferencias están dadas sólo por los husos horarios: la inflación se come al austral. Nada nuevo, y los rusos con la esperanza del capitalismo que está llegando, torpe. Está nevando sobre la Plaza Roja.

INVASIÓN CAPILAR
Una mano sin guantes llena de relojes me ofrece lo que tiene en venta. Yo me quedo con uno de Stalin. La esfera cubre toda mi muñeca. En la malla gris, hay una foto de Yuri Gagarín. “Gagárin” acentúa en grave el vendedor, enojado por mi elección. Sé que dentro de dos horas lo habría comprado por menos de la mitad, pero esa práctica la dejo para casa.

Es que el capitalismo está entrando, de a cachitos. Por ejemplo: el caso de la Fanta Naranja. El lema “Calidad, Servicio y Limpieza” escapa de mi cabeza para rebotar contra el afiche de dimensiones inconmensurables que cubre una de las paredes laterales del Kremlin. Se lee en inglés y en ruso “Trabajadores de la industria del calzado uníos”.

Un trabajador de dimensiones épicas levanta el puño en alto dibujado en terracota. Abajo de su torso, una cola de media cuadra, ordenada, espera su turno frente a la máquina expendedora de Fanta, escrita la “F” con una elipsis cortada exactamente al medio.
Hago la cola y cuando llega mi turno frente a la máquina de gaseosas, pongo mi kopek en la ranura, tomo el vaso de vidrio, lo lleno del burbujeante líquido naranja aguado y vuelvo a dejar el vaso para el camarada siguiente.

LOS PADRES DE LA REVOLUCIÓN
Tres pasos a la izquierda y estoy en otra cola. Más larga. ¿Es la de Lenin? Por la seriedad en las caras de los soldados que me quitan la cámara de fotos, no caben dudas. Nieva. Me pongo atrás de un tapado del Ejército Rojo hasta entrar al mausoleo. El silencio es reverencial y lo comprendo. Lenin está acostado entre sábanas de terciopelo rojo. Es chiquitito, asusta. Del traje gris sólo se ve el saco, la camisa blanca y la corbata negra. Los brazos asoman de las sábanas. No podemos detenernos. Cuatro guardias velan cada esquina del cubo de vidrio. La mano izquierda descansa extendida a centímetros de la cintura bajo la manta. La derecha es un puño cerrado con fuerza, por la parálisis. Murió en 1922. Está embalsamado.

A un costado del Kremlin, frente al Volga, descansan los padres de la Revolución. El cenotafio de Stalin, que ha perdido su lugar de embalsamado visitable hace años, es el que tiene más flores. Está entrando la nostalgia.

DESAFÍO AL TIEMPO
Es cierto que el socialismo todavía resiste, de a pedazos. Por ejemplo: el caso del Estado. Moscú está construida en escala socialista. El objetivo es sentirse insignificante frente a esos edificios que ocupan manzanas enteras a puro cemento. Cada uno de ellos es un sistema: está el Ministerio de Asuntos Exteriores, la sede del partido, la redacción del diario Pravda, la KGB, el correo. Todo es muy específico y a la vez supergeneral.

¿Cuál de esas ventanas del edificio de la KGB, sería la de Beria, el temible jefe de los espías rusos? ¿Bajo la luz de cuál lámpara de todas esas oficinas de los cuarteles centrales del Ejército Rojo, habrá escrito Trotsky la historia de la Revolución Rusa antes de ser obligado al exilio?

Estoy en la puerta del edificio del GOSPLAN, el Comité Central para el Planeamiento. Da gusto imaginar que coincidieran el número de ventanas del GOSPLAN con la cantidad exacta de los soviets económicos de toda la Unión Soviética. Y el Soviet Supremo cuenta con todo un edificio para sí. Todas estas moles grises tienen una sola puerta. En la arquitectura soviética no hay contradicciones.

Hace tres horas estuvo Gorvachov en la tele: continuará la Ley Seca, dijo serio desde una pared de televisores en la vidriera de un negocio en los almacenes estatales GUM. Nieva.
En el cuarto piso de un edificio de cuatro pisos, enfrente a nuestro hotel, hay una fiesta. Vodka no falta. Lo destilaron la ex campeona nacional de gimnasia artística y su esposo matemático del tercero B. Los del 1F trajeron música: George Michael en cassettes, los del 4A son armenios y ya están cantando. La dueña de casa es la abuela de Vladimir. Está sentada al lado de la mesa, de la cama, de la ventana y del equipo de música.

AL AMPARO DEL MUNDO SUBTERRÁNEO
Abajo de la luna de titanio está la entrada de la estación del subte de Moscú. El Metro de la ciudad es un orgullo soviético de lujos zaristas. Llegar al andén implica sumergirse en las profundidades de la tierra a velocidad crucero. Las escaleras mecánicas vuelan para abajo y para arriba. Hay que guardar la derecha, me señala una mujer de pómulos altos. Obedezco.

La primera línea de metro, la roja exactamente, fue inaugurada en 1935 por el supremo Comisario del Pueblo, José Stalin. Y fue pensada como refugio antibélico, por eso la profundidad. Religiosamente cada un minuto se va un tren y llega otro.

Los carteles de las estaciones están escritos en caracteres cirílicos. Los altoparlantes anuncian las estaciones y uno va aprendiendo que la “P” suena como una “R”, y la “H” como una “N” y la “C” como una “S”. Cada una señala el nombre de un héroe de la Revolución de Octubre.

En una de las estaciones está la foto de Lenin, de perfil, sobre una tarima con el brazo en alto arengando a los bolcheviques en la Plaza Roja. A su izquierda, dos pasos más abajo, estaba Trotsky. No está más, lo borraron de la foto en los años 40. Las arañas se repiten en los techos abovedados del subte. En otra foto, en los años 50, hicieron desaparecer a Stalin.
Ahora también están desapareciendo los nombres soviéticos de las estaciones. Vuelve todo lo ruso: sus escritores, los zares y sus mujeres. Subo las escaleras mecánicas, perdida. Afuera es 1999.

EL RELOJ DE LOS ASTROS
Es invierno. Nieva. En la esquina del museo espacial, ahora ruso, venden latitas de Coca Cola frías e individuales. Las tiendas estatales GUM ahora son un shopping calentito. El frío en la calle es más frío.

El Hotel Cosmos con sus cientos de habitaciones se mantiene idéntico. El edificio de departamentos de cuatro pisos donde se destilaba vodka casero, ahora está vacío esperando ser alquilado por su buena ubicación en la ciudad.

En 1957 la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas envió el primer satélite artificial al espacio. Un obelisco con un cohete en la punta que va dejando una cola de fuego de 99 metros hecha en titanio. Adentro del museo espacial toda una sala recuerda a Laika, la perra que viajó con ropa de astronauta y vio los contornos de los países desde el espacio. Nieva. Siento que perdimos la guerra de la luna.

INFO:

¿CUÁNDO IR?
El verano moscovita es agresivo: 40 grados de calor. El invierno es cruel: 25 grados bajo cero. Moscú es una ciudad de media estación.

¿CÓMO LLEGAR?
En avión desde Buenos Aires (Air France $899 + imp.; Swissair $933 + imp.; British Airways $972 + imp.; Lufthansa $1109 + imp.) o desde cualquier ciudad europea.

RECOMENDACIONES
En otoño asistir al Festival de Cine. El festival de Invierno Ruso también es un espectáculo que merece conocerse, se realizan bailes típicos, juegos y hay mucho vodka para divertirse. Se celebra entre el 25 de diciembre y el 5 de enero.

San Petersburgo

petersburgo residenciaimperial San Petersburgo

Al llegar a San Petersburgo, uno no sabe a ciencia cierta si es de día o de noche. Son las 12 de la noche -el dato es indiscutible-, pero una luz blanquecina baja de la totalidad del cielo. Nuestro cuerpo no produce sombra, y se puede leer la dirección del hotel en la guía de viajes, sin ayuda de luz artificial. A pesar de lo que uno se pueda imaginar, las “noches blancas” son calurosas y transcurren durante el verano de San Petersburgo, una ciudad cercana al círculo polar ártico, donde a principios de junio el día entra de lleno en la noche, y su luz resplandece continuamente durante 30 jornadas.

Por la hora se supone que deberíamos ir a dormir; pero, ¿qué sentido tiene si es de día? La mochila queda sobre la cama del hotel y salimos a la calle seducidos por una ciudad desierta y a plena luz. Todos duermen. El tímido murmullo del río Neva se oye con nitidez en el silencio de la noche. Al avanzar por el simétrico trazado de las pomposas avenidas de la ciudad, el fulgor de las cúpulas de oro de la catedral bizantina de San Isaac atrae nuestra mirada.

La coherencia arquitectónica de San Petersburgo, planificada a gran escala por Pedro el Grande (1672-1725) -a la medida de sus aspiraciones de grandeza-, tiene algo de París, con sus anchos bulevares y palacios renacentistas. La avenida Perspectiva Nevsky equivale a los Campos Elíseos; el museo Hermitage al Louvre, y el Gran Palacio de Petrodvorets, con sus jardines acuáticos, rivaliza con Versalles.
La ciudad también se conoce como “La Venecia del Norte”, por los 300 kilómetros de canales que la surcan; pero hay una gran diferencia: la “Venecia del Norte” es diez veces mayor que la del sur.
Otro rasgo de la ciudad es la cantidad de malecones de granito y de puentes con estatuas ecuestres.

A todo lo anterior se le debe sumar un estilo imperial similar al de Viena y Estocolmo. San Petersburgo debe su esplendor a los mejores arquitectos europeos del siglo XVIII, contratados en masa por Pedro el Grande (alrededor de 900 artistas y artesanos) para hacer de la ciudad una “ventana hacia Europa”. Ya avanzado el siglo XIX, la burguesía rusa continuó edificando San Petersburgo, que se mantuvo durante 200 años como la esplendorosa capital del Imperio Zarista. Aún hoy, su centro histórico mantiene el encanto de las grandes ciudades de los siglos XVIII y XIX… sin duda, una de las más hermosas de Europa.

EL CENTRO HISTÓRICO

El área entre el famoso Palacio de Invierno y el Almirantazgo es el corazón de San Petersburgo, y la Perspectiva Nevsky su arteria principal. El extremo sur de la Plaza del Palacio está encerrado por el edificio semicircular del Almirantazgo. En el otro extremo reluce la ornamentación rococó del Palacio de Invierno (hoy alberga el museo Hermitage). Este era el centro neurálgico del imperio ruso, y fue justamente en esta plaza donde aconteció el Domingo Sangriento del 9 de enero de 1905, cuando las tropas de Nicolás II masacraron a la población.

El Hermitage es uno de los más grandes museos de Europa, junto con el Louvre y el Británico. Fue creado por Catalina la Grande en 1764 para albergar su colección personal de joyas y obras de arte (2,7 millones de piezas que van desde la Edad de Piedra hasta el siglo XX). La sección de pintura sobresale con obras de Leonardo da Vinci, Rafael, Caravaggio, Velázquez, El Greco, Gauguin y Picasso. Otra colección célebre es la de joyas de oro, plata y piedras preciosas, con antiquísimas piezas de la India, China, Mongolia, Egipto e Irán.

Junto al edificio del Almirantazgo nace la Perspectiva Nevsky, una avenida de 4,5 kilómetros de largo y 60 metros de ancho (en algunas secciones), abierta en 1710.
Al recorrerla pasamos frente a numerosos palacios, añejos teatros, la columnata de la Catedral de Kazan, y por una gran plaza dominada por la estatua de Catalina la Grande, rodeada de todos sus amantes.

A pesar de disponer de una excelente red de transporte público, los habitantes de San Petersburgo son grandes caminantes. La armonía estética de toda la ciudad y los grandes espacios verdes invitan a hacerlo. Las veredas son anchas y arboladas, y la gente camina a paso tranquilo.

Parece que los peterburgueses disfrutan de su ciudad, y la calle aún funciona como un espacio de reunión pública, a diferencia de otras grandes ciudades surcadas por autopistas que separan a las personas.
Numerosos tranvías y trolebuses dobles (unidos por un fuelle) recorren San Petersburgo; pero el subterráneo, que cruza el río Neva por debajo, es el medio que merece mayor atención. Sus estaciones son verdaderas joyas arquitectónicas y están decoradas con murales y esculturas de artistas famosos. El metro de San Petersburgo irradia una elegancia señorial, y lo que resulta llamativo son sus grandes dimensiones. Por un lado, fue pensado como refugio antiaéreo, y por el otro debió construirse a gran profundidad por la humedad del terreno. Las empinadas escaleras mecánicas descienden hasta 80 metros y, a veces, hay que bajar tres de ellas para llegar al andén (la gente suele leer durante el trayecto).

LOS JARDINES IMPERIALES
Nada ilustra mejor la opulencia cortesana de los zares que los palacios y jardines de las afueras de San Petersburgo. Son varias residencias (cada integrante de la familia real “necesitaba” una), y, tal vez, una de las más significativas sea la de Petrodvorets, a 29 kilómetros de la ciudad. Fue diseñada personalmente por Pedro el Grande, con el anhelo de eclipsar el Palacio de Versalles. Abarca una superficie de 1.000 hectáreas con más de 20 palacios y pabellones, y siete gigantescos parques con fuentes.
La residencia ostenta el mayor jardín acuático del mundo (“La Gran Cascada”), con 64 fuentes que caen en cascada y desembocan a través de una “Avenida de Agua” directamente en la costa báltica, sobre el Golfo de Finlandia. Hay fuentes de mármol, algunas con forma de dragón, y la más famosa rodea una escultura de bronce con la imagen de Sansón desgarrando la boca de un león.

La arquitectura de San Petersburgo narra la historia de Rusia. Todavía perduran sectores de los viejos barrios obreros donde transcurría la vida de los personajes de la novela Crimen y Castigo de Fiódor Dostoiesvki, quienes vivían en casas sin ventilación pegadas unas a las otras, a lo largo de oscuras callejuelas.

En la Perspectiva Nevky queda un cartel de la segunda guerra mundial que advierte: “Ciudadanos, este lado de la calle es más peligroso durante los bombardeos”. Cabe recordar que los nazis asediaron la ciudad durante 900 días y debieron retirarse derrotados, dejando un millón de rusos muertos.

En los barrios suburbanos proliferan los fríos monoblocks que la etapa comunista le adicionó a la ciudad, en esos años llamada Leningrado. Sin embargo, lo que en verdad sorprende de San Petersburgo es el esplendor extremo de la Rusia zarista, que aún se refleja en la arquitectura palaciega. Tal derroche de opulencia sugiere el enorme contraste social de aquella época, que empujó a los obreros de San Petersburgo a asaltar el Palacio de Invierno, durante el célebre 25 de octubre de 1917, el último de “Los 10 días que conmovieron al mundo”.

INFO:

¿CUÁNDO IR?
Las “nubes blancas” son durante el mes de junio, justo antes y justo después del 21 es lo ideal. Conviene evitar el invierno (21 de diciembre al 21 de marzo).

¿CÓMO LLEGAR?
San Petersburgo cuenta con un aeropuerto internacional.
RECOMENDACIONES
El caviar y el vodka (marca Liviz) son un distintivo de la ciudad. El conocido Borshch, sopa de remolacha con crema y trozos de cerdo, es un plato para no perderse.

IMPERDIBLES
El show artístico que ningún viajero se puede perder es el Ballet Kirov, una de las compañías más prestigiosas del mundo, que se presenta todo el año en el teatro Mariinsky, el mismo donde han estrenado sus obras todos los grandes compositores rusos. El repertorio lo conforman las obras rusas clásicas: El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, La Bella Durmiente y Bisele.

Creta

creta isla Creta

Desde el moderno Palacio de Knossos hasta las doradas playas del sur, la isla al sur del Egeo te sorprende a cada paso.

LLEGADA A HIRAKLIÓN
Al llegar a la isla de Creta, nada hace suponer que estás entrando en un lugar tan distinto al que te recibe en el puerto de Hiraklión, con sus casas altas con balcones mirando al mar, la fortaleza antigua que resguarda la entrada del puerto, sus calles anchas y empedradas, y sus plazas donde una juventud bullanguera come kebabs de carne asada.

La capital de la quinta isla más grande de esta parte del Mediterráneo está llena de negocios que venden infinidad de artículos de cuero de vaca y gamuza, mochilas muy bien diseñadas, guantes y botas con piel de oveja y sombreros tipo cowboy. Y no te asombres si a la vuelta de cada esquina encontrás obras edilicias detenidas porque en la excavación encontraron ánforas gigantes del 2000 a.C., con guardas imitando las sogas con que las transportaban. Al llegar la noche, la ciudad se ilumina y sus pubs y cafés se llenan de luz, música, risas y humo de tabaco de pipa, a la que los griegos son muy afectos.

Aunque todo queda cerca en esta isla de 260 km de largo por unos 50 de ancho, conviene alquilar un auto para recorrerla como merece, y sorprenderse con sus paisajes de sucesivas cadenas montañosas superpuestas que pintan los campos de todos colores, festoneadas con el verde oscuro de los cipreses. Como dijo el escritor viajero Lawrence Durrell: “Creta es uno de esos sitios que te marcan. Su maravilloso paisaje clásico es tan mágico que sirve de empapelado de fondo aún para tus sueños”.

Cada metro cuadrado de esta isla de tierra fértil se usa para cultivar hortalizas, árboles frutales o cereales. El paisaje de Chanea y Sitia parece pintado por el amarillo de los trigales, el verde seco de los olivares o el verde claro de los viñedos que están brotando. El panorama cambia abruptamente al oeste, región cruzada por la cadena montañosa llamada Leuka Ori (Montañas Blancas) que superan los 2.200 metros y suelen estar coronadas de nieve hasta en verano.

EL PALACIO DE KNOSSOS
La atracción más importante queda a sólo 5 km de Hiraklión. Es la imperdible zona arqueológica de Knossos, un paisaje dominado por verdes olivares y cipreses, sobre la colina de Kefala. Desde allí se obtiene una espectacular vista panorámica del valle del río Kairatos.

No se sabe mucho acerca de esta civilización minoica que tanto estudió el arqueólogo británico Sir Arthur Evans, responsable de su descubrimiento. Se sabe que data del 3000 a.C., que fue la capital de la civilización minoica que regía las islas Cícladas y que fue destruida por la erupción del volcán que formó la isla de Santorini en el 1450 a.C.
La leyenda mitológica cuenta que el rey de Creta era Minos, hijo de Zeus y la princesa Europa, quien fue castigado por Poseidón por no querer sacrificar un toro, logrando que su esposa Pasifae se enamorara de la bestia y engendrara con ella un monstruo mitad hombre, mitad toro, llamado Minotauro, que vivía en un laberinto y recibía como tributo a jóvenes atenienses como sacrificio.

Se supone que fue la intrincada arquitectura del palacio de Knossos la que estimuló la leyenda del laberinto. Lo increíble de este lugar es que tanto el palacio como las viviendas que lo rodean están hechos con conceptos arquitectónicos tan modernos como no se concibieron en los siglos posteriores. Los baños tienen bañeras, ducha, cloacas, un sistema de agua corriente, lavaderos, piletas de natación bajo techo, escaleras que llevan a terrazas y miradores interconectados (con vistas espléndidas del valle) y muros pintados con gracia única, donde se observa gente bailando, practicando deportes, tocando música y disfrutando de la vida como seguramente lo hizo este pueblo feliz.

Evans fue muy criticado por pintar las obras con los colores que creía que eran los originales. Pero no tenía opción: o dejaba las piedras tiradas como las encontró, o trataba de reconstruir todo respetando el estilo original. El resultado es asombroso: todo parece flamante. En el Museo Arqueológico de Hiraklión -uno de los más impactantes de Europa- se exhiben imágenes halladas en las excavaciones que te muestran que la moda cretense del 2000 a.C. fue mucho más avanzada que la de las simples túnicas drapeadas que usaron los atenienses mil quinientos años después. Las damas usaban crinolinas, corsets y miriñaques como las francesas del siglo XVIII, con el detalle de que lucían sus pechos al aire, o sea que más sexy. Y en verano, se lanzaban a las piscinas con bikinis idénticas a las actuales.

Un camino de piedra rectilíneo cruza el predio de 21.000 metros cuadrados de lado a lado, y se interrumpe súbitamente penetrando debajo un paredón de tierra compactada, que es hasta donde llegaron las excavaciones. Para seguirlas, habría que seguir excavando por debajo de la ruta a Arjanes que corre por encima, donde autos, camiones y colectivos circulan, sin saberlo, sobre tesoros aún no descubiertos.

POR LAS PLAYAS DEL SUR
El camino al sur de la isla atraviesa colinas donde se ven rebaños de cabras con cuya leche se prepara el delicioso queso feta, ingrediente irremplazable en las frescas ensaladas griegas.

Al sur hay algunas playas muy hermosas, llenas de palmeras datileras cuyas semillas llegaron fortuitamente a esta arena dorada, traídas por las olas del mar desde Africa. Ahora le dan al paisaje un aspecto muy particular y muy norafricano.

Tal como menciona Homero en su Odisea, esta isla fue habitada por más pueblos distintos que ninguna otra parte de Grecia: aqueos, sidonios y fenicios pasaron por aquí y se afincaron, enamorados del paisaje. Luego de sucesivas invasiones, los romanos la colonizaron al principio de la era cristiana. En el año 1200, la isla fue vendida a los venecianos que dejaron bellas mansiones frente al mar, que contrastan con las blancas iglesias ortodoxas de paredes macizas para evitar derrumbes durante los frecuentes terremotos que asolan esta zona de intensa actividad telúrica.

En la llanura de Messara encontrás las ruinas de Faestos, en un sitio con un paisaje de colinas y arboledas. Aquí no hubo reconstrucciones como en Knossos, pero se nota a las claras que la región fue habitada por una civilización exquisita, más orientada a la armonía y la alegría de vivir que a la gloria de las conquistas.

En el golfo de Soudha hay un importante puerto pesquero. Hasta llegar ahí pasás por pueblos con cantinas sobre la costanera, con mesitas bajo toldos de paja junto a la rompiente, donde un sinfín de restaurantes compiten entre sí para servirte el más delicioso psari, o pescado fresco a las brasas. Se recomienda especialmente probar la barbunia, pescado de carne tierna y sabrosa con muy pocas espinas. La ensalada se adereza con el mejor aceite de oliva del mundo, verde, denso y con un fuerte aroma a aceitunas. Gracias a este aceite que destapa las arterias, en Creta los ancianos cumplen mucho más de cien años y no se registran casos de infartos, arterioesclerosis o enfermedades cardíacas. En todas las veredas de los pueblos, a la sombra de las higueras, ves ancianitas nonagenarias hilando la lana de cabra en husos manuales… ¡Y ninguna de ellas usa anteojos!

Si lo que te gusta es trepar montañas, Creta es tu lugar ideal, porque las cimas te regalan espectaculares paisajes donde la vista llega hasta el mar de intenso color azul.

LOS MOLINOS DE LASITHI Y LA CUEVA DE ZEUS
En el corazón de la isla, y detrás de una zigzagueante ruta que trepa las montañas, te llevás una sorpresa mayúscula: cuando creías que llegarías a una cima escarpada, te encontrás con una enorme llanura verde. Es la altiplanicie de Lasithi, que también está llena de cultivos variados, ves gente labrando la tierra con antiquísimos arados tirados por bueyes, de esos que en otras partes de Europa sólo se ven en los museos medievales. Miles y miles de molinos de viento despliegan sus velas de blanco algodón como si fueran las de un velero, proporcionando a los pobladores agua para el riego que de otro modo sería imposible de obtener en estas alturas. Aquí encontrás pueblos blancos de labriegos, pequeños y sencillos, como el pueblito que curiosamente se llama Psicólogos, aunque nadie necesite terapia en este lugar donde todo es calma y placidez.

Otra sorpresa es que muy cerca de aquí se encuentra el Dikteon, una gruta gigantesca de estalagtitas y estalagmitas que penetra en la tierra hasta profundidades insondables. Se desciende por una escalerilla de metal llevando en la mano una vela que te venden los chicos del pueblo para que ilumine frágilmente tu camino en la oscuridad. En las entrañas de esta cueva nació Zeus, el dios de los dioses. Nadie lo va a discutir: no existe lugar más impresionante. Es muy difícil saber dónde termina esta cueva, porque parece no tener fin. Cada atardecer salen de ella cientos de nicterides, murciélagos pequeños que se encargan de mantener la zona libre de mosquitos.

Bajando a la costa norte, vas a ver que es muy accidentada y rocosa, llena de acantilados y pueblitos que miran al mar, balconeando sobre el horizonte azul. Aunque esta zona no es muy apta para nadar, los habitantes se las ingeniaron para llenarla de puertitos donde se aglomeran barcos pesqueros.

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Hay vuelos directos Buenos Aires-Roma, con conexión inmediata a Atenas. Se ofrecen vuelos diarios entre Hiraklión y Atenas, o se puede optar por el ferry, que parte del puerto de El Pireo, hace escalas en otras islas y tarda unas doce horas.

¿CUÁNDO IR?
La mejor época para visitar las islas es entre mayo y septiembre. Los ferries circulan en ese período pero es aconsejable chequear frecuencias y horarios al llegar.

IMPERDIBLES:
Al sudeste de la isla encontrás la zona montañosa de Sphakia, que parece detenida en el tiempo. Sus habitantes usan la misma barba puntiaguda que usaban los héroes homéricos, y podés visitar alfarerías donde siguen haciendo a mano los mismos pithoi, ánforas de terracota de más de un metro de alto, en las que los cretenses desde hace cuatro mil años conservan su producción de aceite de oliva: una artesanía idéntica a la de los minoicos.

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