
Guajiros, campesinos y mujeres, la capital y el campo, los logros de la revolución, sus aciertos y sus fracasos… Relatos atravesados por la experiencia histórica de Cuba, que vive en cada una de las pequeñas historias de los cubanos..
EL VEDADO, LA HABANA: UN LICOR CON DOS VIEJOS REVOLUCIONARIOS
Pepe duerme en la silla. Odilia todavÃa está despierta, sentada en su mecedora, mira la pelÃcula Titanic en la televisión estatal. Tratamos de entrar sin molestarlos a la pieza que nos alquilan en su departamento en el barrio del Vedado. Ella advierte nuestra presencia, nos ponemos a conversar, Pepe se despierta. ¿Qué edad tienen? Cerca de setenta. Viven en un décimosegundo piso, eso es mucho en La Habana.
Mi compañera pregunta por una construcción que se ve hacia la zona de Miramar. Nos dicen que es la embajada rusa, una especie de bunker soviético con una torre extraña. Es una de las muchas huellas que la historia deja en el lugar. Es curioso, en este paÃs nos resulta más sencillo encontrar estas huellas también en la gente. Como si la historia y sus contradicciones estuvieran menos ocultas. O como si el paÃs y el viaje nos predispusieran a estar más atentos. De cualquier manera no podemos sustraernos a hacer ese tipo de relaciones. Porque sin que uno lo busque, el modo particular en que la experiencia histórica de Cuba marcó la vida de cada persona se pone de manifiesto en cualquier conversación. Antes de abandonar La Habana, aprovechamos para pedirles a los dueños de casa, Pepe y Odilia, que nos cuenten nuevamente acerca de los dÃas de la revolución. Insistimos y conseguimos tentarlos. Nos sirven un licor, les caÃmos bien. Entonces recuerdan los dÃas previos en la clandestinidad, y la vez que él entró desarmado en un cuartel policial y salió con el revólver del comisario. Y cómo pasaron después por oficios muy distintos, en el campo y la ciudad, trabajando en una escuela, en un juzgado, en la organización del abastecimiento…, según iba siendo necesario en el nuevo paÃs en transformación.
Esa noche partimos, y me regalan un ejemplar de las obras completas de José MartÃ, el héroe de la otra revolución, la de la tardÃa emancipación de España, del que no faltan monumentos o bustos en ninguna parte. Porque en esta figura se concentra el amor de los cubanos por su independencia, estén a favor o en contra de la revolución del ’59, apoyando o criticando el gobierno de Fidel.
En la calle, a punto de cruzar, oÃmos que nos gritan “¡cordón, cordón!”. La orden proviene de un automóvil lleno de militares que se nos viene encima. Entendemos que debemos retroceder un paso y volver a subir a la vereda un instante antes de que pasen haciendo chirriar los neumáticos tres Mercedes Benz del gobierno. ¿Tres Mercedes Benz? Se trata de Raúl Castro, ministro y hermano de Fidel, nos explicarán después. ¿O eran dos para Raúl y, si eran tres, se trataba de Fidel? De ser asà casi nos pisa “él” en persona. Todo un encuentro.
LA RONCHA, ARTEMISA: FIN DE AÑO ENTRE GUAJIROS
Nos vamos de la ciudad hacia el campo, al oeste de la capital. A pasar fin de año con una familia de guajiros, en el lugar de la infancia de nuestros amigos cubanos. Nos reciben en una casa sumamente sencilla al costado de una carretera perdida en medio del campo. Un campo muy verde, de un verde muy vivo, ocupado mayormente por plantaciones de plátanos. Nos presentan uno por uno a los familiares y vecinos. Nos invitan a hacer como si estuviéramos en casa.
Entonces yo me incorporo a la mesa donde los hombres toman ron y cerveza. Mi compañera sigue otro camino. Cerca de la cocina, las mujeres conversan, preparan comida, atienden a los chicos. Las cosas son asÃ: ellos por un lado, ellas por otro. Y sin mucha sutileza pueden percibirse los hábitos que predominan, acá como en el resto de la isla.
Poco después, llega ElÃas, totalmente vestido de blanco, y saluda al grupo con un gesto. Salvo yo, todos conocen bien al recién llegado, pero de todos modos él se excusa de no dar la mano. Ocurre que él se hizo santo y eso le impide tocar “gente impura”. Sólo tiende su mano a uno de los mayores, de cuyo buen corazón no parece haber dudas entre los presentes. Pronto llega el hijo de ElÃas. Tiene menos de veinte años, es soldado, de un misterioso grupo de operaciones especiales del que no quiere hablar. Nada en su aspecto joven y socarrón permite atribuirle especiales cualidades espirituales. Sin embargo, es objeto de un curioso respeto por parte de su padre. Es que fue él quien introdujo a su padre en los ritos yorubas y, habiéndose iniciado antes, tiene mayor jerarquÃa.
Es imposible rechazar otra copa. Se ofenden, se violentan, insisten. Descarto el ron, fuerte, blanco, barato. La alternativa es la cerveza. La hay en lata o en botellas sin etiqueta. Compradas antes de etiquetar son más baratas. Elijo latas. Porque mi estrategia para no caer borracho tan prematuramente consiste en conservar la lata en la mano una vez vacÃa y fingir que sigo bebiendo.
En la mesa, con bigotes gruesos, pelo corto y barriga abundante, José conduce la conversación. Me cuenta que él también fue militar, y trabajaba como escolta de Raúl Castro. Esos que vimos pasar en la esquina de Pepe y Odilia.
Mis amigos me presentan a un tÃo. Un hombre que parece no haberse alejado nunca de su chacra. Nos invita a conocer el lugar donde trabajó más de veinte años. Al otro lado de la ruta hay unos pabellones abandonados, que fueron un criadero modelo de chanchos, cerrado hace poco tiempo por problemas de rentabilidad. Después el tÃo nos lleva hacia su actual ocupación: la plantación de plátanos, y nos muestra las distintas variedades. Entonces, cuando más convencido estaba yo de que este hombre no habÃa salido nunca de su provincia, nos cuenta con orgullo de su viaje a Rusia, del frÃo, la nieve y las catedrales. Ocurre que fue el ganador de uno de los premios Vanguardia, que el Estado otorgó como estÃmulo a la producción a obreros de distintas actividades. En esta isla cada persona parece tener una historia capaz de sorprendernos.
Después de un dÃa de reunión y festejos, a la hora del brindis de medianoche, somos sólo cuatro. Todos bebieron tanto que se quedaron dormidos antes de las diez. Y no hay ni fuegos de artificio ni mayor comentario para recibir el año nuevo.
CAMINO A SANTIAGO DE CUBA: LA RUMBA Y EL VIETCONG
Después del fin de año en el campo, volvemos a La Habana. De ahà a Guardalavaca, y luego vamos a ir a Santiago de Cuba, la cuna de los grandes músicos de la isla. El dÃa que queremos salir, no hay otro medio de transporte más que un taxi.
Al principio no nos hace mucha gracia la idea de ir en un auto con aire acondicionado y chofer. No es como tenÃamos previsto relacionarnos con la gente. Sin embargo, el conductor va contándonos otro capÃtulo de la historia de los cubanos. Luis es mulato, no sé si llega a los cincuenta años, viste camisa azul y corbata. Antes fue técnico en fabricación de cerveza. Se formó en la República Democrática Alemana y recuerda que sus años en Europa Oriental tuvieron su encanto. Es que, por entonces, ahà se producÃa una rara mezcla de culturas que tenÃan en común los principios del socialismo internacionalista. Sus camaradas en el trabajo venÃan de China, de Vietnam, de Angola…
Para Luis, los vietnamitas eran pequeños, un tanto pusilánimes, y poco simpáticos, interesados solamente en los negocios que hacÃan vendiendo telas o ropas. Los chinos, un poco más pÃcaros a los ojos de nuestro cubano, tenÃan la costumbre, un tanto fastidiosa para las señoras alemanas, de tomar a sus mascotas por alimento. En cuanto a los angoleños, tenÃan al menos la virtud de ser los únicos rivales dignos para un cubano a la hora de resolver las diferencias culturales: a los golpes en los bares. Pero por supuesto, nadie más bravo que un cubano.
Nuestro conductor, conversador incansable como todos los cubanos, sigue recordando sus buenos tiempos, pero mi atención se distrae y se desplaza hacia el paisaje. Cada tanto, dejamos atrás, entre plátanos verdes, puercos y gallinas, grupos de casitas muy simples. Quizás yo hubiera pensado que esos lugares ni siquiera tienen nombre, y que la gente que vive en ellos no tiene otra historia más que la de su rutina campesina, pero vengo aprendiendo que en esta isla ésa serÃa una idea muy ingenua.
En un cartel al costado de la carretera leo: Marcané. Es uno de los pueblos que menciona Chan Chan, el primer tema del disco Buena Vista Social Club, que acaba de ganar un Grammy y está de moda en todo el mundo. Estoy siguiendo el camino por la región Oriental de la canción que hizo famosa un grupo de músicos increÃbles producidos y promocionados por Ry Cooder. “De Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para MayarÔ. Pienso en el cowboy de Ry Cooder saludando con la mano en el Carnegie Hall, pienso en las pelÃculas cada vez más ingenuas del alemán Wim Wenders, donde los cubanos son sólo unos tipos simpáticos agradecidos porque les compraron un piano nuevo. Pienso en los relatos que oÃ, pienso en Cuba, Vietnam, Angola, Bolivia, Nicaragua, también en mi paÃs. Y creo que hay algo que tenemos en común, más allá de que algunos seamos más ruidosos en las tabernas, es que probablemente nosotros no dejemos de contar historias de manera viva y fuerte, el modo en que la historia sucede en nuestros paÃses.
INFO:
¿CUÃNDO IR?
En cualquier época del año.
¿CÓMO LLEGAR Y DÓNDE ALOJARSE?
Existen dos opciones: comprar uno de los paquetes que promocionan las empresas de turismo estatales, con el vuelo y el hotel, o llegar en avión y buscar alternativas una vez ahÃ. La segunda es recomendable aunque no es tan fácil evitar el circuito turÃstico tradicional.
¿QUÉ COMPRAR?
Aguardiente Guayabita del Pinar y ron Matusalén.
RECOMENDACIONES
Música local en Santiago de Cuba, jazz en el subsuelo de “La zorra y el cuervo” (cerca del hotel Habana Libre)