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Shenyang

 Shenyang

Shenyang es la cuarta ciudad más importante de China, es la capital de la provincia de Liaoning, ubicada en el llano aluvial de Liaohe y el río Hunhe, rodeado de paisajes de gran belleza y abundantes tierras fértiles dedicadas a la agricultura. El clima de la ciudad presenta temperaturas extremas, que en verano puede llegar con facilidad hasta los 35º centígrados y en invierno la temperatura desciende hasta -25º.

La ciudad de Shenyang, es una ciudad de gran dinamismo económico, es el eje de comunicación, el comercio, actividades científicas y culturales, en el norte de China, cuenta con complejos siderúrgicos dedicada a la producción de acero, carbón y hierro, además de contar con una excelente infraestructura moderna de vías férreas y carreteras que la conectan con las diferentes ciudades de la región.
Shenyang tiene gran importancia en la historia de China, gracias al impulso que le dio el fundador de la dinastía Ping, actualmente la ciudad es el principal centro industrial de China.

 Shenyang
Esta ciudad posee un rico pasado histórico y cultural, cuyos atractivos turísticos más importantes son el Palacio Imperial y los Mausoleos Zhao y Fu, declarados por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad el año 2004, está considerado como el segundo complejo imperial de mayor importancia y la mejor cuidada, en China.

Designada actualmente como sede olímpica, de las Olimpiadas Beijing 2008, aquí se celebrarán los partidos de fútbol, de la primera fase del torneo olímpico, para dicho fin se construyó un estadio de lujo que dará cabida a más de 60,000 personas cómodamente sentadas, para su construcción se demoró dos años, al finalizar los Juegos Olímpicos, será destinado también a la práctica de otros deportes.

Para llegar a la ciudad de Shenyang, se accede a través del aeropuerto internacional de Taoxian, ubicada a media hora del centro de la ciudad, que une diferentes ciudades de China y países cercanos.
Existen varios trenes que conectan Pekín con Shenyang, la vía rápida que cubre la ruta en 3 horas y 40 minutos, y la normal que es la más barata.

Macao, ciudad colonial

 Macao, ciudad colonial

Macao se encuentra ubicado en la costa al sur de China, cerca de la provincia de Guangdong y de Hong Kong, conformada por la península de Macao y las islas Taipa y Coloane las cuales se encuentran comunicadas por varios puentes.
Puerto privilegiado por su ubicación geográfica en la ruta comercial entre Japón y Malaca, lo que hace de Macao una ciudad próspera.
Destino muy importante para el turismo que es uno de los ingresos más importantes de la ciudad, así mismo recibe dariamente miles de visitantes desde Hong Kong que llega en los ferrys a jugar en los casinos de la ciudad ya que en Hong Kong como en la China continental los juegos de azahar se encuentran prohibidos, en Macao es el único lugar donde los casinos están permitidos legalmente.
Macao posee un rico patrimonio histórico que es el motivo por lo que miles de turistas llegan a la ciudad cada año para conocer de cerca su extraordinario pasado. Es una ciudad colonial, antigua colonia portuguesa, cuyo casco histórico fue declarada por La UNESCO como patrimonio mundial en el año del 2005.

 Macao, ciudad colonial
En el centro histórico de Macao se puede apreciar el edificio de correos, los restos de la Iglesia de San Pablo y la fortaleza del Monte en uno de sus ambientes funciona el Museo de Macao, edificios construídos por los jesuitas que llegaron para evangelizar estas tierras, en este lugar se encuentra también el templo chino Na Tcha que contrasta con las construcciones portuguesas.
Macao es una ciudad interesante, la mezcla de las diferentes culturas, la historia ha influido sobre las costumbres y aspectos de la vida diaria de la ciudad. Los turistas que la han visitado concuerdan que Macao es una ciudad extraordinaria para hacer turismo, con sus calles limpias, ordenadas, hermosos jardines y bellos paisajes que la rodean.

Para conocer la ciudad no hay nada mejor que recorrer a pie por sus calles y apreciar el patrimonio cultural de la ciudad. En la parte meridional de la isla se encuentra la zona más moderna de la ciudad, aquí se puede encontrar muchos hoteles de lujo y los locales de los casinos, que al llegar la noche se encuentra repleta de personas de diferentes partes del mundo.
Las islas de Taipa y Coloane, unidas a la península por dos puentes, ofrecen a los turistas, tranquilas playas y la belleza de los paisajes naturales, lugar para desconectarse de la bulliciosa zona peninsular.

La gastronomía de Macao es extraordinaria por la variedad de platos de todo el mundo que se ofrecen en sus restaurantes, comida de estilo portugués, cantonesa, japonesa, coreana, italiana y francesa, son la delicia de los turistas.
Macao es el destino turístico para ir de viaje, lugar donde el intercambio de culturas ha creado una simbiosis para formar su propia identidad. Ciudad muy intensa, animada y con una rica historia.

Katmandú

valle katmandu Katmandú

La capital de Nepal, ubicada al pie de la cordillera del Himalaya, cobró fama en Occidente con la invasión hippie de fines de los 60. Hoy exhibe sus increíbles templos, en los que conviven el hinduismo y el budismo.
Los Caminos a Katmandú
Caótico. Es la palabra que resume al aeropuerto internacional de Katmandú. Después de un apacible vuelo desde Bangkok, ni el más delirante hubiera podido prever semejante quilombo.
El primer paso, el del visado, fue relativamente tranquilo; una vez pasada la aduana, tomé aire y encaré la gran confusión reinante en el hall principal.

Una cortina de agua borronea las siluetas de las pagodas; la figura angulosa y sepia de los templos de techos superpuestos se torna irreal; la calle de piedra permanece desierta bajo el brillo de los adoquines mojados: Katmandú —capital del pequeño reino de Nepal, al norte de la India y al sudoeste de China— duerme bajo la lluvia como una ciudad medieval y perdida. Situada sobre un valle a 1.400 metros de altura y rodeada por la cordillera del Himalaya y las montañas más altas del mundo, la ciudad, a pesar de su ritmo acelerado y de la invasión de los turistas que se inició con los hippies en las décadas de los 60 y 70, mantiene su fabulosa arquitectura y su espíritu pueblerino.

La lluvia se retira tan abruptamente como comenzó; entonces Durbar Square —la plaza central donde se encuentran más de cincuenta templos, esculturas y edificios— resigna su aspecto fantasmal y vuelve al bullicio. Los vendedores reinstalan sus canastos de frutas al pie de los templos, los compradores exigen el peso exacto en los platillos de balanzas oxidadas, los turistas leen sus guías de viaje sobre las escalinatas, los niños y los curiosos se acercan a pedir dinero o a ofrecerse como guías.

No es fácil elegir por dónde comenzar: la cantidad de edificios, monumentos y esculturas intimida. La mayoría de las construcciones datan de los siglos XVI y XVII, y lucen extraordinarias filigranas de madera tallada, producto de la habilidad de los newars, antiguos habitantes de la región. Algunos templos llegan a los nueve pisos, cada uno rematado en un techo cuadrangular y precedido por escalinatas y columnas talladas en madera. Allí se destaca el Hanuman Dhoka, antiguo palacio real y centro cultural y religioso dedicado al dios-mono; los templos de Guhyeshvari y Bhim Sen, con sus tallas eróticas y, finalmente, el templo de Kumari Ghar, actual residencia de la diosa viviente. Esta niña es seleccionada a la edad de cuatro años mediante diversas pruebas y su condición dura hasta que llegue a la pubertad. Mientras tanto, sus pies no pueden tocar el suelo, se asoma a la ventana a saludar en contadas ocasiones y sólo sale del palacio en una carroza de oro durante la festividad en la que es homenajeada.

Las horas transcurren lentamente en Durbar Square e invitan también a perderse por las estrechas calles de los antiguos barrios newars con sus balcones y ventanas de madera, y los patios llenos de estatuas y esculturas a los que se puede ingresar libremente.

Un dato curioso asoma en esta realidad de ensueño: Katmandú es una de las ciudades con mayor cantidad de restaurantes étnicos en el mundo, por lo que el viajero podrá elegir libremente con qué clase de cocina deleitarse.

Barberos afeitando en mitad de las calles que, contrariando el sentido común, no tienen nombres ni numeración. Grupos de hasta veinte personas amontonadas; grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que era una versión local del famoso ludo lo que los congregaba.

Esta era Katmandú y decididamente fue un amor a primera vista.

La gente
El nepalí es abierto y de corazón generoso. No es fácil acercarse a él ya que no todos hablan inglés y los que lo hacen siempre tratan de venderte algo. Pero una vez que conocés a alguno es inevitable la situación de ser dos queriendo saber todo del otro. Los monjes son generalmente los más accesibles. Cuando uno sale a caminar, sólo hace falta mirarlos a la cara, para que casi instantáneamente devuelvan una sonrisa que tiene algo de inocente, indiferentes a esa fría estadística que los sitúa entre las diez naciones más pobres del mundo.
Por sobre todo, la sensación que deja el pueblo es la de su espiritualidad, que se respira en todo momento. Al pasar delante de cualquier templo, a cualquier hora del día, se puede ver a sus fieles rezando y haciendo ofrendas. No importa si son hindúes y tienen más de trescientos millones de dioses o si son budistas y no tienen ningún dios, ya que decir que la religión es una parte importante en la vida del nepalí es quedarse corto, pues la religión es la vida misma.
En su visión del mundo, el nepalí sabe que cada acto tiene implicaciones espirituales. Se asume que los dioses son los responsables directos de los fracasos y éxitos de cada uno y por eso deben ser apaciguados permanentemente. De esta forma es comprensible que, no importa cuánto tiempo se esté en Katmandú, tres semanas, seis meses o un año, nunca se terminen de visitar todos los templos de la ciudad.
Oración y plegaria se viven a cada instante. La mayoría de los templos tienen campanas en sus entradas y me sorprendió que mucha gente las hiciera sonar antes de entrar o al pasar. Cuando le pregunté a un chico el por qué, me dijo con una convicción pasmante: “Sonamos las campanas porque los dioses están durmiendo y de esta forma los despertamos para que escuchen nuestra oración”.

Thamel
Es el centro o gueto turístico de la ciudad. En sus pequeñas calles se debe encontrar la mayor densidad mundial de hoteles y guesthouses por metro cuadrado (sólo Kao San Road en Bangkok puede competir con ella). Para el que llega de Occidente es alucinante. Hoteles, restaurantes, bares, empresas de trekking y rafting, negocio de todo-lo-que-se-puede-encontrar-en-Asia, mercado negro de dinero, excelentes casas de libros de segunda mano. El cansado viajero que llega de la India o de Pakistán encuentra en este lugar vestigios de occidentalización y tranquilidad.

Durbar Square
Muy cerca de Thamel se encuentra esta “plaza de templos”, que es el antiguo centro de la vieja Katmandú. El lugar está lleno de templos muy bien trabajados. Fui allí a primera hora en la mañana y luego de subir unos escalones me senté a ver pasar la gente. El lugar estaba repleto. Pero el espectáculo no fue muy prometedor. Se veían un par de falsos hombres sagrados que miraban con aires místicos, esperando a que los turistas se fotografiaran con ellos y a cambio les dieran alguna rupia. Si bien estaba en el lugar obligado para comenzar a explorar la ciudad, decidí saltearlo. Algo no muy recomendable para quien se precie de buen explorador.
Antes de irme pasé por el mercado que estaba montado for export. Difícil de decir qué no vendían. Ruedas de oración tibetanas, cuchillos gurkas, pipas para fumar opio, brazaletes, piedras semipreciosas y toda clase de artesanías, inventadas y por descubrir. En fin, un paraíso para comprar de todo por muy poca plata, luego del riguroso regateo, por supuesto. Un previo paso por Freak Street, antes de irme, una de las pocas calles bautizadas, y el primer gueto turístico, que consiguió su nombre tras la invasión de hippies que llegaron a estos pagos a finales de los ’60 y principios de los ’70, en su tan ansiada búsqueda de misticismo y amor, y que se concentraban en esta calle durante el día y la noche.

El Templo de los Monos
Si bien Buda nació en Nepal, en un pueblo del sur llamado Lumbini en el año 563 a.C. bajo el nombre de Siddartha, el hinduismo comprende casi el 70% de la población local.
Aún así hay muchos templos budistas que son verdaderas obras maestras y vale la pena visitarlos. Uno de ellos se sitúa a unos 45 minutos de Durbar Square en las afueras de la ciudad: la stupa (templo) de Swayambunath, popularmente conocida como el Templo de los Monos. Tiene la particularidad de que fue construido en una colina cuyos habitantes son los monos rhesus. Cuando uno sube los interminables escalones del templo, se cruza con cientos de ellos. Los ojos de Buda contemplan el valle de Katmandú desde las alturas. Alrededor del bloque central de la stupa se encuentran las ruedas de oración tibetanas que todos los fieles hacen girar mientras recitan sus mantras.
Es posible, si uno se escabulle lo necesario, meterse dentro del templo y acceder al salón en donde los monjes llevan a cabo su oración, recitando mantras y meditando.

Pashupatinath
También en las afueras de la ciudad se encuentra este importantísimo complejo de templos hindúes construido para venerar a Shiva.
Apenas llegado, encaré para la puerta e inmediatamente miles de voces me frenaron en seco. Sin explicarlo y con cara de indignación, todos los que pasaban por ahí me señalaron un cartel que en la entrada rezaba: “Sólo hindúes”.
Me senté a un costado y dejé que el lugar tomara toda su dimensión. Estaba lleno de gente que iba y venía: chicos, grandes, mujeres, hombres santos, mendigos y de todas las castas. Mercaderes se atrincheran frente al templo y ofrecen desde arroz y flores para las ofrendas hasta imágenes de casi todas las deidades.
Caminando alrededor del templo llegué a orillas del río Bagmati, que tiene status de santo. En sus aguas los hindúes se purifican una vez que terminan su peregrinación. Es increíblemente atrapante. Algunos meten medio cuerpo y se bañan, otros realizan ofrendas y dejan que la corriente se las lleve, chicos que a tan sólo diez metros las esperan ansiosos y las retiran del agua como si fueran ellos los venerados.
En las márgenes del río, a pocos metros del templo, está el sitio destinado a las cremaciones. Cuando pasaba por ahí tuve la suerte de presenciar dos. Este sí que no es un espectáculo for export sino que obedece al ancestral ritual hindú de purificación.
Mientras miraba las cremaciones llevarse a cabo para que luego las cenizas fueran arrojadas al río, se me acercaron varios nativos, chicos y no tanto, tratando de vender nuevas y viejas versiones del Kamasutra.

Katmandú, asombrosa hasta lo inimaginable, fue sólo la puerta de entrada al grandioso Nepal, a sus Himalayas listos para el trekking y el rafting, en los que estuve a punto a dejar el cuerpo.
Pero esa es otra historia.
El valle de Katmandú
La ciudad de Katmandú se encuentra situada en el valle del mismo nombre. En la antigüedad, Patan y Bhaktapur, las otras dos ciudades más importantes, competían con la mismísima Katmandú. Hasta el siglo XVIII se llamaba Nepal sólo a esta región. Los fuerte lazos comerciales con Tibet hicieron que fuera Katmandú la ciudad más fuerte del valle.
Las ciudades de Patan y Bhaktapur, con sus propias “plazas de templos”, son tan alucinantes como todo el valle y el interior mismo del país. Menos visitadas y transitadas que Katmandú, hacen que uno se sienta más cómodo y menos intruso.

Entre monjes y el Everest

Un cuerpo arde sobre las grises escalinatas —ghats— que conducen al río Bagmati. Alrededor, los hombres que asisten a la cremación conversan con naturalidad: las cenizas del muerto serán arrojadas a este río sagrado afluente del Ganges, y esto permitirá la purificación del alma y la interrupción de la cadena de reencarnaciones. En el pueblo sagrado de Pashupatinath, a sólo 5 kilómetros de Katmandú, la ceremonia hindú se distingue por el humo que arroja al cielo, en un lugar donde además merodean los monos en busca de comida, las mujeres cantan en la lejanía y los sadhus —ascetas— con sus barbas eternas y cabellos de lana meditan en los rincones o vagan sin rumbo.
También en las afueras de Katmandú, un grupo de refugiados tibetanos con sus túnicas púrpura, cabezas rapadas y rostros curtidos por la altura, asisten a un casamiento en el templo de Bodhnath. La pareja debe pertenecer a una familia importante por la pompa de la celebración: una orquesta pone música al evento mientras los novios llegan en una carroza ante la mirada de cientos de curiosos. El templo budista es imponente: una larga escalinata da acceso a las cinco terrazas que culminan en una gigantesca torre que representa a Buda. Aunque el budismo surgió hace 2.500 años en lo que hoy es Nepal (el príncipe Siddharta —Buda— nació en el año 563 a.C. en Lumbini, en la frontera sur con la India, uno de los principales lugares de peregrinación budista), el 70 por ciento de la población de aquí es hinduista. Pero cerca del templo de Bodnath, en alguno de los numerosos monasterios, los monjes asisten a ceremonias iluminadas por velas y lámparas de aceite bajo el sobrecogedor sonido que emiten con sus mantras.

Al atardecer, en el templo budista de Swayambhunath, uno de los más antiguos del mundo, Buda también mira hacia las cuatro direcciones desde su torre rematada en trece anillos dorados que simbolizan el conocimiento. Ya en el templo, habitado por cientos de monos y al que se accede tras subir una escalera interminable, la vista del valle es única.
Amanece en el pequeño caserío de Nagarkot, a 33 kilómetros de Katmandú, al pie del Himalaya. Un puñado de viajeros se instala sobre el techo de una de las construcciones para presenciar la aparición del Everest y de las montañas más altas del mundo. El sol despeja las nubes y de a poco aparecen los picos nevados como gigantes aún dormidos. Cada uno empuña su cámara fotográfica; un dibujante japonés retrata las montañas con tinta sobre un improvisado caballete. Todos intentan retener un milagro que en Nepal se repite todo los días, pero que se produce, acaso, una sola vez en la vida del viajero

Petra

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Hace más de dos mil años fue extraída de los acantilados de roca una imponente ciudad, Petra. Maravilla de arte antiguo, fue excavada en el desértico paisaje de Jordania como un adelanto de arte abstracto.

Petra es uno de los sitios arqueológicos más impactantes y enigmáticos del planeta. Ubicada en el corazón del desierto, forma actualmente parte del Reino Hashemita de Jordania.

Se estima que en el siglo III antes de Cristo el pueblo nabateo levantó la ciudad desde la roca, mediante el “tallado” de enormes acantilados de piedra, y la erigió capital de su reino.
¿Pero porqué los nabateos levantarían una ciudad en el medio del desierto? ¿Y cómo?, me preguntaba asombrado hasta que Ibrahim, un lugareño que conoce cada piedra de la maravillosa ciudad, me respondió: “Porque en Petra hay agua, en Petra llueve en primavera y en invierno. Son lluvias cortas pero torrenciales”.

Fue este pueblo el que logró aprovechar hasta la última gota del precioso líquido, cavando cisternas y canalizando el agua en la roca. “Petra contaba con abundante agua para satisfacer las necesidades de una población estable estimada en cuarenta mil personas, a las que se debían añadir los caravaneros y sus animales -camellos, cabras y ovejas- que llegaban a sumar otros varios miles…”, continuaba contándome Ibrahim.
Petra dominaba el comercio de las importantes rutas de especies, de seda, oro, incienso, mirra y esclavos del Cercano Oriente.

En el año 106, fue anexada al vasto Imperio Romano y cuando las rutas del comercio se trasladaron más al norte -especialmente a Palmyra, actualmente Siria- la ciudad perdió importancia y languideció, hasta llegar prácticamente a desaparecer al cabo de cinco siglos. Petra permaneció olvidada durante mil años. Recién el siglo pasado fue redescubierta por el mundo exterior, y en 1929 comenzaron las tareas de excavación. Fue así que lentamente aparecieron increíbles ruinas debajo de la arena, entre las que se encontraron templos, palacios, tumbas e incluso un anfiteatro romano, todos construidos en la roca.

A través del desierto jordano
Mi recorrido había comenzado en el puerto egipcio de Nuweiba. Tras más de seis horas de navegación por las bíblicas aguas del Mar Rojo llegué a Aqaba, el único puerto de Jordania.
El Golfo de Aqaba separa dos penínsulas: la arábiga, al este, y la de Sinaí, al poniente. Se caracteriza por ser una zona políticamente inestable y convulsionada debido a que en pocas decenas de kilómetros convergen los límites fronterizos de cuatro países de la región. De este a oeste son: Arabia Saudita, Jordania, Israel y Egipto.

Oleadas de aire infernalmente caliente me golpeaban la cara. Las elevadas temperaturas y la humedad hacen del mes de junio -verano boreal- un verdadero sauna. Sin embargo, para los miles de peregrinos arropados con sus típicas túnicas blancas, esto no parecía representar mayores inconvenientes. Ellos desembarcaban para concretar el más preciado sueño de todo creyente en Alá: el Hajj o peregrinación a la ciudad más santa del mundo islámico, La Meca. Para la mayoría del universo árabe, la religión musulmana modela la vida de la gente y la importancia de la fe se respira en cada rincón.
En Jordania la tolerancia y el respeto se suman a la amistad y la alegría de su hospitalario pueblo.

Siguiendo la ruta de los camellos, la moderna carretera King’s Highway comunica el puerto de Aqaba con Amman, la ciudad capital, situada a unos 200 kilómetros al norte. Desde allí un moderno y confortable bus me llevará a la imperdible Petra.

El silencio del vasto desierto sólo era interrumpido por el ruido del motor. Una especie de magnetismo me atrapaba, envolviéndome en un ambiente de paz y libertad, asociado a los amplios horizontes sin fin, totalmente despoblados.

Algunos lugareños me habían comentado que el desierto genera en la gente un pensamiento teológico natural y la lleva a una vida sencilla pero rigurosa.
Después de varias horas de marcha, arribamos a Wadi Musa, una pequeña localidad situada a sólo tres kilómetros de nuestro destino.
Gracias a que Petra está situada a considerable altura, su temperatura no es sofocante y durante la noche desciende a valores agradables, lo que me permitió reponerme de las agobiantes jornadas anteriores.

La ciudad rosada
Ingresé a Petra por un desfiladero angostísimo y rosado de dos kilómetros de largo. Parecía que a medida que avanzaba iba retrocediendo en las páginas de la historia. Era un verdadero túnel del tiempo.

Mientras continuaba acercándome por la estrecha garganta, mi corazón se aceleraba más y más, como presintiendo la grandiosidad que me esperaba más adelante.
Al cabo de unos minutos, me encontré con la fachada más bonita de Petra, el llamado Herario o Khazneh. Protegido de la intemperie, es una de las ruinas más famosas de la ciudad. Tanto que sus escenarios fueron elegidos para la filmación de la película Indiana Jones y la última cruzada.

Cuando el emperador Constantino se convirtió al Cristianismo, el Khazneh fue transformado en iglesia. Al ingresar en su interior comprendí mejor las palabras de Ibrahim: “La naturaleza es la coautora de la magnificencia de Petra”. Efectivamente, sus contornos semejan un adelanto de arte abstracto, un gigantesco Picasso. Las huellas de sus estrías en las paredes testimonian el trabajo de las piquetas que tallaban la roca a 45 grados.
Todas las construcciones de la antigua ciudad fueron hechas desocupando de roca las paredes rosadas de sus montañas, vaciando los interiores con gran precisión. Es impresionante pensar cómo los nabateos prácticamente tallaron semejantes monumentos y edificios con tal belleza y exactitud.

Aunque Petra no es el único testimonio de esta antigua forma arquitectónica. En Lalibela (Etiopía), Ajanta y Ellora (India), también fueron levantados monumentos utilizando técnicas similares. Sin embargo, por sus tonos rosados, y por tratarse de la construcción de toda una ciudad, cuando en sus interiores se refleja la luz solar, la pintura surrealista de Petra resulta casi insuperable.

Dentro de la ciudad rosada, los beduinos ofrecen té o gaseosas a los visitantes. Sentado y enmudecido por la grandiosidad del lugar, me sentí absolutamente cautivado y hechizado, impulsado a quedarme allí para siempre. No obstante, después de un largo rato reaccioné dando la última mirada a la majestuosa ciudad de piedra y emprendí el retorno a Wadi Musa. Me llevaba una de las imágenes más espectaculares del mundo. Imágenes de un tesoro cultural mucho más rico de lo que mi mente había soñado.

Info:

¿Cómo llegar?
El modo más directo es volar a Israel desde Buenos Aires.
Y desde allí ingresar por tierra, a través de la carretera que une
Jerusalém con Amman. No hay problemas porque entre Jordania e Israel se puede viajar.

¿Cuándo ir?
Al igual que Egipto, conviene evitar los meses de mayo a septiembre porque son demasiado calurosos. El resto del año tiene temperaturas moderadas.

Recomendaciones
Jordania es un país muy atractivo y por ser pequeño resulta muy fácil visitarlo. Además de Petra, se recomienda especialmente Wadi Run, en el desierto al sur de Petra; si se busca buceo, Aqqaba es un excelente sitio. Las costas del Mar Muerto, el
punto más bajo de la superficie terrestre es muy interesante y Jerash es una antigua ciudad romana con magníficas ruinas.

Cappadocia y Pamukkale

pammuakalecottoncaslte Cappadocia y Pamukkale

Más allá de Estambul es posible desenterrar los tesoros de una de las encrucijadas más exóticas del planeta, de una Turquía que nos revela el misterio y la belleza de Pamukkale y Cappadocia.

Entrar a Turquía supone ingresar al mágico Oriente, aunque también tenga mucho de Occidente.

Cuando uno llega a Estambul proveniente de Europa no siente tanto el choque cultural como cuando se adentra en el corazón de Turquía. Si bien en la ciudad más conocida del país se respiran miles de olores extraños y diversos y se percibe una atmósfera congestionada de sonidos raros, en la ex Constantinopla no se respira Oriente.
Para rastrear los orígenes del país y entender su incipiente occidentalización hay que viajar unas décadas atrás en el tiempo hasta la aparición del legendario héroe nacional, Mustafá Kemal, conocido como Atatürk. Este estadista mudó la antigua capital de Estambul a Ankara, en el centro del país.

Con los despojos del decadente Imperio Otomano, Atatürk inició profundas reformas que occidentalizaron una antiquísima civilización. Así, a pesar de que gran parte de sus sesenta millones de habitantes profesan la religión musulmana, no se ve aquí la devoción propia de otras tierras turcas más profundas. Tampoco la lectura de su alfabeto supone problemas -si bien su idioma se entiende poco- ya que los caracteres árabes de la anterior escritura fueron reemplazados por la escritura occidental.

Sus 780.000 kilómetros cuadrados son un paso estratégico entre Europa y Asia y fueron sede de importantes imperios del mundo antiguo. Hoy quedaron diseminados vestigios hititas, griegos, romanos, bizantinos y otomanos, entre otros.

El amplísimo litoral marítimo de Turquía se extiende desde el Mar Negro al norte hasta el Mar Mediterráneo al sur, incluyendo los célebres estrechos de Bósforo y Dardanelos. La áspera y árida meseta de Anatolia cubre más de las tres cuartas partes de su territorio.

Tomamos la brújula y encontramos la dirección más oculta de la medialuna turca. Nos esperaban grandes sorpresas.

OBRAS DE ARTE GEOLÓGICO EN PAMUKKALE
Dejamos Estambul y nos trasladamos al interior de Turquía en un confortable bus en el que se acostumbra convidar perfumes a los pasajeros para refrescarse las manos y el rostro. Rosas y jazmines se suman así a nuestro itinerario.

Lentamente ascendimos desde el litoral mediterráneo de Estambul, atravesando la cadena de los montes Phrygia para entrar en la meseta de Anatolia. Paisajes de ensueño, con bosques de pino, son reemplazados por el escenario ocre de la altiplanicie, que le otorga a casi toda la superficie de Turquía un relieve tortuoso y una geografía montañosa y accidentada. A pesar de ser verano, el descenso de la temperatura, producido por la altitud, nos obligaba a abrigarnos.

Detenciones en pequeños poblados y en algunas ciudades nos dejaron finalmente en Denizli. Habíamos recorrido 652 km, desde nuestra partida a la madrugada, en poco más de 9 horas. Estábamos en las puertas de Pamukkale, uno de los sitios más atrayentes de Turquía.

LAS PILETAS BLANCAS DE PAMUKKALE
A manera de obra de arte geológico, se encuentran a pocos kilómetros al norte de esta moderna urbe los piletones de Pamukkale y Hierápolis. Son formaciones muy conocidas desde tiempos antiguos por las propiedades terapéuticas de sus aguas. Pero no son termas muy convencionales porque las aguas cargadas de carbonatos y otros minerales van derramándose por la ladera de una colina y en su caída milenaria forman increíbles piletas semicirculares de paredes blancas, como en escalera una debajo de otra y otra y otra.

Sin durarlo, nos zambullimos y luego nos extendimos al sol, mientras el fulgor del atardecer teñía de rojo la palidez de un paisaje único en la Tierra, un lugar ya conocido desde épocas muy remotas y donde los romanos levantaron un anfiteatro y otras construcciones para deleitarse con sus baños.

Pura poesía, salvo que después de estos baños termales nuestros cabellos tomaron la misma docilidad que la de las estatuas.

Pamukkale es un sitio que merece varios días, no solamente para recorrer sus alrededores y palpar en toda su dimensión la belleza y la historia del lugar, sino también para reponer suficientes energías para el resto del viaje.

ANKARA, LA CAPITAL
Desde Denizli hay poco menos de 500 km hasta la moderna Ankara, la capital fundada en 1923 por el padre de la Turquía moderna, Atatürk.

En Ankara se erigen las oficinas del gobierno central, el Parlamento, el Palacio Presidencial y la fastuosa tumba de su fundador, sobre una colina que domina toda la ciudad.

La metrópolis está rodeada de cadenas montañosas, a 850 metros sobre el nivel del mar. Tiene un clima continental extremo, con inviernos muy fríos. En Elmadag, a unos pocos kilómetros hacia el oeste, se encuentran lugares con nieve donde practicar deportes de invierno.

Como estábamos a 320 kilómetros de Kayseri, en el corazón de la región llamada Cappadocia, decidimos tomar un tren para recorrerlos. Si bien este medio de transporte es más lento que un bus, si uno tiene tiempo y paciencia resulta un agradable modo de viajar. Turkish Railways tiene servicios en tres clases, incluido coche cama.

CAPPADOCIA, NATURALEZA Y CIUDADES BAJO TIERRA
Caía la tarde y con los últimos reflejos del sol arribamos a las pequeña aldea de Bogazkopru, unos kilómetros antes de Kayseri. Aquí sólo descansamos para seguir al día siguiente hacia nuestro objetivo, el valle de Göreme, en el corazón de la mágica Cappadocia.

Nos alojamos en la “Gran Avcilar Pension”, un hotel modesto pero decoroso y acogedor. Allí nos deleitaron con Kofte (albóndigas con especias) y Bulgur (trigo molido), platos acompañados por postres, como el Sutlac (budín de arroz).

Al otro día, en un bus que tarda poco más de una hora, llegamos al valle de Göreme, que nos servirá como punto de partida para el recorrido de Cappadocia. Su relieve está dominado por la silueta del volcán Erciyes. Precisamente han sido sus erupciones hace miles de años, junto a la acción erosiva del viento y el agua, las que -a manera de un gigantesco cincel- tallaron caprichosas formas de pináculos o chimeneas, que nadie podría imaginar y que se erigen desde el suelo. Una verdadera maravilla geológica.

Los humanos también pudieron crear otra maravilla. Los primitivos cristianos improvisaron iglesias construyéndolas en lugares aislados y poco accesibles para refugiarse así de las persecuciones de que eran objeto. Y luego levantaron ciudades, con casas y cementerios.

La región de Cappadocia fue constantemente asolada por los bárbaros. Por ello, como defensa contra estos peligros, surgieron poblaciones ocultas en el interior o debajo de la tierra. Estas viviendas eran ideales, en medio de un clima riguroso y de marcados contrastes térmicos, porque estaban dotadas de un complejo sistema de ventilación que impedía el enrarecimiento del aire.

UN RÍO DE IGLESIAS BIZANTINAS
Hacia el suroeste del valle de Göreme, la fascinación volvió a invadirnos porque en las paredes verticales de roca volcánica del río Ilhara fueron talladas magníficas iglesias de la época bizantina. Aunque resulta dificultoso acceder al lugar, ya que los transportes llegan solamente hasta la ciudad de Aksaray, es realmente imperdible. Desde aquí, el cañón del río Ilhara está a unas pocos kilómetros hacia el sur. Pero se puede llegar apelando a la ayuda del “dedo” en algún camión o rústico vehículo.

Viajar por Turquía es deleitar los sentidos y la imaginación, el esfuerzo y también la fuerza de voluntad.

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Se deben hacer escalas en otras ciudades de Europa, dependiendo de la línea aéra.

¿CUÁNDO IR?
La mejor época para viajar a Turquía es durante la primavera y el otoño.

RECOMENDACIONES:
Tomar solamente agua de botellas y tener cuidado con las frutas que se venden en la calle. No comer comida que no esté cocida. Visitar típico bazar en Estambul.

Palmira

palmira00 Palmira

Siria. Encrucijada de Medio Oriente. En Palmira el viajero es testigo de un pasado tan tangible como esplendoroso. Los gritos y rugidos de griegos, romanos y árabes atados a su arquitectura parecen revivir llenando de misterio la imaginación.

Comencé a descubrir Siria ávido por excavar mis propias raíces. Refugiadas en la soledad de su desierto, a espaldas del tiempo, me topé con las ruinas de la ciudad de Palmira o Tadmor. Esta antigua ciudad fue redescubierta a principios del siglo XX luego de permanecer tapada por la arena del desierto durante cerca de 800 años.
“Lejos quedó la época en que estas calles estaban atestadas de gente. Ahora nos ilusionamos con la llegada de turistas”, comentó Ismael, el guía, mientras me señalaba el circuito a seguir para recorrer las ruinas de la ciudad.
La arena llevada por el viento del desierto había entrado en toda mi ropa, pero eso poco me importaba ya. La emoción de estar en estas desconcertantes tierras -mezcla de elegancia y abandono- me cautivó enseguida.
Tampoco me interesó el zarandeo que soporté durante horas en el destartalado bus. Ni el camino entre Damasco y Palmira -sin demasiados atractivos-, que me resultó tedioso y monótono. Lo mismo que el calor insoportable de la jornada veraniega. Nada importaba porque al fin podía empezar a disfrutar de uno de los focos más importantes del mundo antiguo.

CENTRO DE LA ANTIGÜEDAD
La denominada Medialuna Fértil es un amplio arco de verdes oasis que se inicia en la Mesopotamia -en la llanura aluvial de los legendarios ríos Eufrates y Tigris- y concluye en los fértiles valles que salpican las montañas del Líbano, en la costa del Mediterráneo.
Dentro de esa curvatura queda encerrado el vasto desierto sirio. Y, a manera de pequeñísimas estrellas en su interior, asoman los oasis, rompiendo así la ocre monotonía.
Precisamente en uno de estos sitios, donde el agua ganó la lucha a la aridez, casi como un espejismo, aparece Palmira, en la vertiente de Afqa (“salida” en lengua aramea).
Palmeras datileras y olivares transformaron la desnudez en un tapiz vegetal, permitiendo así la vida.
De las ruinas que salpican precisamente el desierto de Siria, Palmira es la más estupenda. Su estratégica ubicación en el camino de Damasco a la Mesopotamia y la presencia de un abundante manantial de agua pronto jugó un rol fundamental en la región. Las caravanas que venían de la India, China y Persia -cargadas con sedas, especies e incienso- debían parar allí obligadamente, si no querían morir desecadas. En sentido inverso, los comerciantes que traían desde Egipto y Fenicia lanas, vinos o pescados, también se quedaban a reponer fuerzas en la ciudad.
De esta manera, Palmira creció hasta convertirse en un gran centro comercial y cultural, poblado por arameos y árabes de origen nabateo, aquéllos mismos que levantaron Petra, otra estrella del desierto de Jordania.
En el año 106 de nuestra era, el Imperio Romano la anexó a sus vastos dominios. Entonces la ciudad mutó su antiguo nombre de Tadmor (ciudad de los dátiles) por el de Palmira (ciudad de las palmeras).
Sin embargo, fue una mujer quien marcaría a fuego su historia. En el año 266 ascendió al trono la reina Zenobia. Considerándose a sí misma como descendiente de Cleopatra, su excepcional habilidad y ambición la llevaron a conquistar gran parte de Medio Oriente, hasta enfrentar a las tropas de Aureliano. Pero éste finalmente detuvo su avance y arrasó su ciudad.
En el siglo VII, Palmira fue conquistada por los árabes, hasta que un terremoto la destruyó completamente en el siglo XI, permaneciendo oculta bajo las arenas del desierto que la protegieron hasta que, a principios del siglo XX, comenzó a ser excavada y redescubierta.

LA REINA DEL DESIERTO
Palmira me sorprendió a cada paso con sus ruinas en admirable estado de conservación: ágora, teatro, templo de Bel. Durante todo el día recorrí la magnífica ciudad, fatigándome entre sus piedras.
Las ruinas cubren más de 50 hectáreas, así que recorrerlas lleva varios días. En mi última jornada, ascendí durante el atardecer a la colina que domina las ruinas. Allí se erige el fuerte árabe del siglo XVII llamado Qalaat Ibn Maan. Una panorámica vista de excepción, con las ruinas, el oasis y el desierto parecían el cierre de oro del lugar.
El misterio y la inmensidad de mi propia imaginación se transformaron en los únicos límites. En medio de esta nada, un golpe de humanismo intenso me hizo descubrir otra faceta, muy distinta de la arqueológica. Alejándome de las ruinas, me topé con un grupo de beduinos que descansaba bajo la sombra de su tienda. No tardé en acercarme a ellos.
-Marhaba, ¿quieres almorzar con nosotros?, me dijo el hombre de piel trigueña que lucía un turbante blanco, mientras gritaba algo en árabe a la mujer.
-Shukram (muchas gracias), contesté encantado, mientras me ubicaba bajo el sosiego de la sombra, sentado en el piso.

Me ofrecían su amistad sin siquiera conocerme. A través del lenguaje universal de las sonrisas, enseguida me sentí cómodo y pude así descubrir los dientes de oro que engalanaban a la mujer.
Pasaron unos minutos hasta que ella comenzó a traer bandejas y las colocaba sobre la alfombra. Ataviada con ropas de color oscuro, comenzó con una fuente que contenía la carne de cordero, que parecía nadar en grasa. Lo mezcló con leche cuajada “lavan” y me lo dio.
-Shukran, atiné a decir boquiabierto, mientras pregunté cómo lo preparaban.
-El cordero se frita con grasa en un sartén, con cebollas, me contestó sonriente.
Enseguida la mujer trajo otra bandeja con té, pan y queso y los infaltables pepinos.
Ellos consideran una descortesía dejar restos de comida en el plato, así que no tuve más remedio que comer todo.
-Shukran. Ma’asalaama (adiós), dije al rato, con mi estómago repleto y pesado.
-”Oh no, para nosotros la hospitalidad es un deber. Aun a nuestros propios enemigos no se la podríamos negar. Inch Allah”, contestaron.

DESIERTO Y ESTRELLAS
Mi irremediable curiosidad me llevaba a saber qué eran unas construcciones que yacían desparramadas más allá de las ruinas, entre las arenas del desierto. Al preguntar me dijeron que son las ostentosas y centenarias tumbas-torre, monumentos cuadrados, preparados para recibir a los difuntos de la misma familia por generaciones.
Algunos sostienen que los dueños eran los caballeros cruzados y sus descendientes. No me pareció válido ese argumento, así que me quedé con la incógnita flotando en mi cabeza mientras ingresaba a una. Las inscripciones adentro resultaban imposibles de leer, aunque parecían letras del alfabeto griego.
El esplendor del atardecer rojizo en el horizonte me conmovió. Fue entonces el turno de las estrellas, que me hicieron cómplice del desierto.
Descendí ya en la noche fría a mi albergue. Cuando a las cinco de la madrugada del día siguiente me despertaron los gritos que resonaban a través del altavoz, comencé a prepararme para la despedida.
El canto repiqueteaba largo y melodioso. Convocaba a los creyentes en Allah a la primera de sus cinco plegarias del día. Entonces el movimiento en la casa se generalizó. Como cada día, como todos sus días. Debían realizar sus abluciones para poder orar. Ismael, mi anfitrión y guía, tomó su cadena de cuentas -algo así como un rosario- para repetir monótonamente la frase Allah Akbar.
Pude comprender entonces por qué, en el desierto, la frase “Dios es el más grande” parece sonar con más poder. Me sentí transportado a los cuentos de Las mil y una noches.

Khajuraho

khajuraho Khajuraho

El conjunto de los templos de Khajuraho es un regalo singular por parte de la India al mundo significando un himno de alegría a la vida capturada en piedra en todas sus formas y ánimos poniendo a prueba la artesanía y la visión extraordinaria de los rajputs Candela.
Hasta la fecha los templos de Khajuraho constituyen una de las maravillas artísticas del mundo.

Unas cosas en el mundo son incomparables y ciertas cosas inspiran sentimientos humanos para dar salida a su amor espiritual y físico. Las imágenes eróticas de Khajuraho expresan estos sentimientos internos de un ser humano. Cada fachada, pared, ventana, columna, y techo de Khajuraho esta trinchado con figuras de origen mitológica y histórica, mientras muchos de estas muestran una forma ingenua de amor. Olvidado y abandonado hasta los medios de los sesenta, hoy Khajuraho es la atracción principal de la India después del Taj Mahal en Agra.
La belleza de los templos
Los templos de Khajuraho constituyen un misterio para los historiadores de arte. La ironía consiste en que a pesar de ser lugares de peregrinaje cuentan con esculturas eróticas. Ningún otro monumento tiene la armonía y hermosura arquitectural igual que estos. La ciudad tranquila de Khajuraho cuenta con los mejores templos medievales de la India que son famosos por todo el mundo por sus esculturas. Estos templos gloriosos forman la atracción principal del estado. Fueron restaurados y ahora atraen a visitantes de todo el mundo. Las esculturas incluyen estatuas de dioses, guerreros, bailarines celestiales y de bestias.

Arte con un objeto
 El arte erótico de la India no esta dedicado a la mente sino a los sentidos. Utiliza la sensación como una manera de sacudir a la mente de los pensamientos y llevarlo a la felicidad que esta más allá de estos. Esta alegría interna se llama “rasa” que significa “Sap” o esencia y de acuerdo con los tratos antiguos sobre estética es el objeto final de todos los esfuerzos artísticos y espirituales. Para que la mente alcance un estado de emoción absoluta que se queda más allá del individuo y las construcciones del tiempo, es necesario que los sentidos sean completamente finos. El arte erótico utiliza lo sensual como el camino para lo espiritual.

Hacer amor es el rito divino para alcanzar este objeto. Al ser la expresión de unos de nuestros sentimientos físicos y sentimentales más intensos el amor físico es una vía natural para adquirir conocimiento divino. Esta actitud no es única de la India, desde luego. El servicio de casamiento cristiano habla del mismo cuando el novio dice a la novia “te rezo con mi cuerpo”.

Excursiones en Khajuraho
Los templos de Khajuraho son, sin duda, obras maestras. Pero no son la única atracción alrededor de Khajuraho. Hay más lugares interesantes que valen la pena visitar.
El parque nacional de Panna
Panna National Park, solamente a 30 minutos de Khajuraho es estupendo. Cañones profundo, valles tranquilos, y selvas espesas de teca junto con la flora y fauna varia hacen que una visita al parque sea memorable. Actualmente, la jungla alberga una variedad de especies de fauna como el leopardo, lobo y gharial(crocodillo indio).

El museo de Dhubela
Un fuerte antiguo situado a 57 kilómetros en la carretera de Jhansi a Khajuraho cuenta con una colección de artefactos poco comunes y representa el patrimonio de BUndelkhand. Este museo también tiene una gama de esculturas del culto Shakti y otras secciones de ropa, armas y pinturas.
La cascada de los Pandavas(los cinco hermanos)
A 30 kilómetros de Khajuraho esta la cascada de los Pandavas(Pandava waterfall) en el río Ken. Según el mito, los hermanos Pandavas pasaron buena parte de su exilio en este lugar. Otra cascada que se llama el Ranch está a 25 kilómetros de Pandava waterfall.

El santuario de Ken Gharial
A 24 kilómetros de los templos, este santuario es una morada natural de los cocodrilos que tienen un hocico largo.

El festival de baile de Khajuraho
Khajuraho Dance Festival tiene lugar durante la primavera en la ciudad de Khajuraho para celebrar la gloria de los templos. Se dice que el baile clásico tiene sus bases en los templos hindúes y de allí llega a la madurez. Es un festival cultural para celebrar los artes indios-baile y música que pasan de una a otra generación. El Festival de Baile de Khajuraho presenta a los mejores bailarines y bailes clásicos del país.

La idea del festival es introducir el patrimonio cultural de Khajuraho a la sociedad actual y conservarlo para la generación que viene. Durante el festival, muchos artistas y artesanos conocidos participan en los talleres y seminarios y presentan su arte a los visitantes y turistas numerosos. Y durante este festival que dura siete días, se establece un mercado al fresco donde los visitantes tienen la oportunidad de comprar todos los artículos fabricados en Khajuraho. Este festival es famoso no solo en la India sino también por todo el mundo.

¿CÓMO LLEGAR?
Es posible viajar vía Malasia hasta Kuala Lumpur y desde allí a Delhi, Bombay o Madrás. Otra alternativa es llegar a estas ciudades vía Europa. Desde Delhi o Bombay es posible volar diariamente a la aldea, pero se perderá el encanto del viaje en tren o bus, que tarda no menos de dos días.
¿CUÁNDO IR?
Evitar los meses de verano (mayo a octubre) por el excesivo calor y las lluvias monzónicas. La época más propicia es desde octubre hasta enero, cuando las temperaturas son agradables, las noches frescas y todo reluce verde.

IMPERDIBLES
Es importante recorrer los tres grupos de templos y no sólo los que están en la aldea. A pocas horas de Khajuraho se levantan los no menos célebres templos excavados en la roca de Ajanta y Ellora. Todo dependerá de la región de la India que se quiera recorrer.

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