
La capital de Nepal, ubicada al pie de la cordillera del Himalaya, cobró fama en Occidente con la invasión hippie de fines de los 60. Hoy exhibe sus increÃbles templos, en los que conviven el hinduismo y el budismo.
Los Caminos a Katmandú
Caótico. Es la palabra que resume al aeropuerto internacional de Katmandú. Después de un apacible vuelo desde Bangkok, ni el más delirante hubiera podido prever semejante quilombo.
El primer paso, el del visado, fue relativamente tranquilo; una vez pasada la aduana, tomé aire y encaré la gran confusión reinante en el hall principal.
Una cortina de agua borronea las siluetas de las pagodas; la figura angulosa y sepia de los templos de techos superpuestos se torna irreal; la calle de piedra permanece desierta bajo el brillo de los adoquines mojados: Katmandú —capital del pequeño reino de Nepal, al norte de la India y al sudoeste de China— duerme bajo la lluvia como una ciudad medieval y perdida. Situada sobre un valle a 1.400 metros de altura y rodeada por la cordillera del Himalaya y las montañas más altas del mundo, la ciudad, a pesar de su ritmo acelerado y de la invasión de los turistas que se inició con los hippies en las décadas de los 60 y 70, mantiene su fabulosa arquitectura y su espÃritu pueblerino.
La lluvia se retira tan abruptamente como comenzó; entonces Durbar Square —la plaza central donde se encuentran más de cincuenta templos, esculturas y edificios— resigna su aspecto fantasmal y vuelve al bullicio. Los vendedores reinstalan sus canastos de frutas al pie de los templos, los compradores exigen el peso exacto en los platillos de balanzas oxidadas, los turistas leen sus guÃas de viaje sobre las escalinatas, los niños y los curiosos se acercan a pedir dinero o a ofrecerse como guÃas.
No es fácil elegir por dónde comenzar: la cantidad de edificios, monumentos y esculturas intimida. La mayorÃa de las construcciones datan de los siglos XVI y XVII, y lucen extraordinarias filigranas de madera tallada, producto de la habilidad de los newars, antiguos habitantes de la región. Algunos templos llegan a los nueve pisos, cada uno rematado en un techo cuadrangular y precedido por escalinatas y columnas talladas en madera. Allà se destaca el Hanuman Dhoka, antiguo palacio real y centro cultural y religioso dedicado al dios-mono; los templos de Guhyeshvari y Bhim Sen, con sus tallas eróticas y, finalmente, el templo de Kumari Ghar, actual residencia de la diosa viviente. Esta niña es seleccionada a la edad de cuatro años mediante diversas pruebas y su condición dura hasta que llegue a la pubertad. Mientras tanto, sus pies no pueden tocar el suelo, se asoma a la ventana a saludar en contadas ocasiones y sólo sale del palacio en una carroza de oro durante la festividad en la que es homenajeada.
Las horas transcurren lentamente en Durbar Square e invitan también a perderse por las estrechas calles de los antiguos barrios newars con sus balcones y ventanas de madera, y los patios llenos de estatuas y esculturas a los que se puede ingresar libremente.
Un dato curioso asoma en esta realidad de ensueño: Katmandú es una de las ciudades con mayor cantidad de restaurantes étnicos en el mundo, por lo que el viajero podrá elegir libremente con qué clase de cocina deleitarse.
Barberos afeitando en mitad de las calles que, contrariando el sentido común, no tienen nombres ni numeración. Grupos de hasta veinte personas amontonadas; grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que era una versión local del famoso ludo lo que los congregaba.
Esta era Katmandú y decididamente fue un amor a primera vista.
La gente
El nepalà es abierto y de corazón generoso. No es fácil acercarse a él ya que no todos hablan inglés y los que lo hacen siempre tratan de venderte algo. Pero una vez que conocés a alguno es inevitable la situación de ser dos queriendo saber todo del otro. Los monjes son generalmente los más accesibles. Cuando uno sale a caminar, sólo hace falta mirarlos a la cara, para que casi instantáneamente devuelvan una sonrisa que tiene algo de inocente, indiferentes a esa frÃa estadÃstica que los sitúa entre las diez naciones más pobres del mundo.
Por sobre todo, la sensación que deja el pueblo es la de su espiritualidad, que se respira en todo momento. Al pasar delante de cualquier templo, a cualquier hora del dÃa, se puede ver a sus fieles rezando y haciendo ofrendas. No importa si son hindúes y tienen más de trescientos millones de dioses o si son budistas y no tienen ningún dios, ya que decir que la religión es una parte importante en la vida del nepalà es quedarse corto, pues la religión es la vida misma.
En su visión del mundo, el nepalà sabe que cada acto tiene implicaciones espirituales. Se asume que los dioses son los responsables directos de los fracasos y éxitos de cada uno y por eso deben ser apaciguados permanentemente. De esta forma es comprensible que, no importa cuánto tiempo se esté en Katmandú, tres semanas, seis meses o un año, nunca se terminen de visitar todos los templos de la ciudad.
Oración y plegaria se viven a cada instante. La mayorÃa de los templos tienen campanas en sus entradas y me sorprendió que mucha gente las hiciera sonar antes de entrar o al pasar. Cuando le pregunté a un chico el por qué, me dijo con una convicción pasmante: “Sonamos las campanas porque los dioses están durmiendo y de esta forma los despertamos para que escuchen nuestra oración”.
Thamel
Es el centro o gueto turÃstico de la ciudad. En sus pequeñas calles se debe encontrar la mayor densidad mundial de hoteles y guesthouses por metro cuadrado (sólo Kao San Road en Bangkok puede competir con ella). Para el que llega de Occidente es alucinante. Hoteles, restaurantes, bares, empresas de trekking y rafting, negocio de todo-lo-que-se-puede-encontrar-en-Asia, mercado negro de dinero, excelentes casas de libros de segunda mano. El cansado viajero que llega de la India o de Pakistán encuentra en este lugar vestigios de occidentalización y tranquilidad.
Durbar Square
Muy cerca de Thamel se encuentra esta “plaza de templos”, que es el antiguo centro de la vieja Katmandú. El lugar está lleno de templos muy bien trabajados. Fui allà a primera hora en la mañana y luego de subir unos escalones me senté a ver pasar la gente. El lugar estaba repleto. Pero el espectáculo no fue muy prometedor. Se veÃan un par de falsos hombres sagrados que miraban con aires mÃsticos, esperando a que los turistas se fotografiaran con ellos y a cambio les dieran alguna rupia. Si bien estaba en el lugar obligado para comenzar a explorar la ciudad, decidà saltearlo. Algo no muy recomendable para quien se precie de buen explorador.
Antes de irme pasé por el mercado que estaba montado for export. DifÃcil de decir qué no vendÃan. Ruedas de oración tibetanas, cuchillos gurkas, pipas para fumar opio, brazaletes, piedras semipreciosas y toda clase de artesanÃas, inventadas y por descubrir. En fin, un paraÃso para comprar de todo por muy poca plata, luego del riguroso regateo, por supuesto. Un previo paso por Freak Street, antes de irme, una de las pocas calles bautizadas, y el primer gueto turÃstico, que consiguió su nombre tras la invasión de hippies que llegaron a estos pagos a finales de los ’60 y principios de los ’70, en su tan ansiada búsqueda de misticismo y amor, y que se concentraban en esta calle durante el dÃa y la noche.
El Templo de los Monos
Si bien Buda nació en Nepal, en un pueblo del sur llamado Lumbini en el año 563 a.C. bajo el nombre de Siddartha, el hinduismo comprende casi el 70% de la población local.
Aún asà hay muchos templos budistas que son verdaderas obras maestras y vale la pena visitarlos. Uno de ellos se sitúa a unos 45 minutos de Durbar Square en las afueras de la ciudad: la stupa (templo) de Swayambunath, popularmente conocida como el Templo de los Monos. Tiene la particularidad de que fue construido en una colina cuyos habitantes son los monos rhesus. Cuando uno sube los interminables escalones del templo, se cruza con cientos de ellos. Los ojos de Buda contemplan el valle de Katmandú desde las alturas. Alrededor del bloque central de la stupa se encuentran las ruedas de oración tibetanas que todos los fieles hacen girar mientras recitan sus mantras.
Es posible, si uno se escabulle lo necesario, meterse dentro del templo y acceder al salón en donde los monjes llevan a cabo su oración, recitando mantras y meditando.
Pashupatinath
También en las afueras de la ciudad se encuentra este importantÃsimo complejo de templos hindúes construido para venerar a Shiva.
Apenas llegado, encaré para la puerta e inmediatamente miles de voces me frenaron en seco. Sin explicarlo y con cara de indignación, todos los que pasaban por ahà me señalaron un cartel que en la entrada rezaba: “Sólo hindúes”.
Me senté a un costado y dejé que el lugar tomara toda su dimensión. Estaba lleno de gente que iba y venÃa: chicos, grandes, mujeres, hombres santos, mendigos y de todas las castas. Mercaderes se atrincheran frente al templo y ofrecen desde arroz y flores para las ofrendas hasta imágenes de casi todas las deidades.
Caminando alrededor del templo llegué a orillas del rÃo Bagmati, que tiene status de santo. En sus aguas los hindúes se purifican una vez que terminan su peregrinación. Es increÃblemente atrapante. Algunos meten medio cuerpo y se bañan, otros realizan ofrendas y dejan que la corriente se las lleve, chicos que a tan sólo diez metros las esperan ansiosos y las retiran del agua como si fueran ellos los venerados.
En las márgenes del rÃo, a pocos metros del templo, está el sitio destinado a las cremaciones. Cuando pasaba por ahà tuve la suerte de presenciar dos. Este sà que no es un espectáculo for export sino que obedece al ancestral ritual hindú de purificación.
Mientras miraba las cremaciones llevarse a cabo para que luego las cenizas fueran arrojadas al rÃo, se me acercaron varios nativos, chicos y no tanto, tratando de vender nuevas y viejas versiones del Kamasutra.
Katmandú, asombrosa hasta lo inimaginable, fue sólo la puerta de entrada al grandioso Nepal, a sus Himalayas listos para el trekking y el rafting, en los que estuve a punto a dejar el cuerpo.
Pero esa es otra historia.
El valle de Katmandú
La ciudad de Katmandú se encuentra situada en el valle del mismo nombre. En la antigüedad, Patan y Bhaktapur, las otras dos ciudades más importantes, competÃan con la mismÃsima Katmandú. Hasta el siglo XVIII se llamaba Nepal sólo a esta región. Los fuerte lazos comerciales con Tibet hicieron que fuera Katmandú la ciudad más fuerte del valle.
Las ciudades de Patan y Bhaktapur, con sus propias “plazas de templos”, son tan alucinantes como todo el valle y el interior mismo del paÃs. Menos visitadas y transitadas que Katmandú, hacen que uno se sienta más cómodo y menos intruso.
Entre monjes y el Everest
Un cuerpo arde sobre las grises escalinatas —ghats— que conducen al rÃo Bagmati. Alrededor, los hombres que asisten a la cremación conversan con naturalidad: las cenizas del muerto serán arrojadas a este rÃo sagrado afluente del Ganges, y esto permitirá la purificación del alma y la interrupción de la cadena de reencarnaciones. En el pueblo sagrado de Pashupatinath, a sólo 5 kilómetros de Katmandú, la ceremonia hindú se distingue por el humo que arroja al cielo, en un lugar donde además merodean los monos en busca de comida, las mujeres cantan en la lejanÃa y los sadhus —ascetas— con sus barbas eternas y cabellos de lana meditan en los rincones o vagan sin rumbo.
También en las afueras de Katmandú, un grupo de refugiados tibetanos con sus túnicas púrpura, cabezas rapadas y rostros curtidos por la altura, asisten a un casamiento en el templo de Bodhnath. La pareja debe pertenecer a una familia importante por la pompa de la celebración: una orquesta pone música al evento mientras los novios llegan en una carroza ante la mirada de cientos de curiosos. El templo budista es imponente: una larga escalinata da acceso a las cinco terrazas que culminan en una gigantesca torre que representa a Buda. Aunque el budismo surgió hace 2.500 años en lo que hoy es Nepal (el prÃncipe Siddharta —Buda— nació en el año 563 a.C. en Lumbini, en la frontera sur con la India, uno de los principales lugares de peregrinación budista), el 70 por ciento de la población de aquà es hinduista. Pero cerca del templo de Bodnath, en alguno de los numerosos monasterios, los monjes asisten a ceremonias iluminadas por velas y lámparas de aceite bajo el sobrecogedor sonido que emiten con sus mantras.
Al atardecer, en el templo budista de Swayambhunath, uno de los más antiguos del mundo, Buda también mira hacia las cuatro direcciones desde su torre rematada en trece anillos dorados que simbolizan el conocimiento. Ya en el templo, habitado por cientos de monos y al que se accede tras subir una escalera interminable, la vista del valle es única.
Amanece en el pequeño caserÃo de Nagarkot, a 33 kilómetros de Katmandú, al pie del Himalaya. Un puñado de viajeros se instala sobre el techo de una de las construcciones para presenciar la aparición del Everest y de las montañas más altas del mundo. El sol despeja las nubes y de a poco aparecen los picos nevados como gigantes aún dormidos. Cada uno empuña su cámara fotográfica; un dibujante japonés retrata las montañas con tinta sobre un improvisado caballete. Todos intentan retener un milagro que en Nepal se repite todo los dÃas, pero que se produce, acaso, una sola vez en la vida del viajero