William H. Mumler, el fotógrafo de los espÃritus
A mediados del siglo XIX, William H. Mumler descubrió, por accidente, que él y su cámara fotográfica eran capaces de captar algo que el ojo humano rara vez alcanzaba a ver: los espÃritus de los muertos. Mumler enseguida convirtió su sorprendente “hallazgo†en un lucrativo negocio. Aunque, desafortunadamente para él, sus inquietantes fotografÃas, en las que se veÃa a sus clientes acompañados por sus familiares difuntos, no tardarÃan en llevarlo ante los tribunales.
Mumler comenzó su carrera ofreciendo de puerta en puerta sus habilidades como “médium capaz de fotografiar a los espÃritusâ€, era uno más del cada vez mayor número de manifestaciones espiritistas que habÃan comenzado en 1848 con las hermanas Fox de Hydesville (Nueva York). Sus sesiones de espiritismo en las que los espÃritus inclinaban y daban golpes secos sobre la mesa habÃan causado sensación por todo el paÃs. Boston, que aunaba la tradición de disidencia intelectual y entusiasmo por lo trascendental, se habÃa convertido en la capital de todo este movimiento y atraÃa espiritistas de todos los lugares del paÃs. Todo esto coincidió con la llegada de la nueva era de la tecnologÃa cientÃfica –la retrato, la electricidad y el telégrafo– la gente veÃa y escuchaba lo inexplicable.
Los Estados Unidos de 1860 era un paÃs afligido por el dolor, inmerso en la guerra civil y la enfermedad. En los sangrientos campos de batalla del Sur, los fotógrafos capturaban la tristeza y la pérdida en blanco y negro. Los supervivientes, desesperados por encontrar algún signo de vida duradera, se aferraban a cualquier esperanza por pequeña que fuera. Y las fotografÃas que capturaban espÃritus era una esperanza más que visible.
Mumler se inició en el arte de la retrato espiritista por accidente en 1861, cuando tenÃa 29 años y trabajaba de joyero en Boston. En su autobiografÃa, “The Personal Experiences of William H. Mumler in Spirit Photographyâ€, Mumler, que era también aficionado a la retrato, explica que un dÃa, mientras trabajaba en un auto-retrato, descubrió la forma misteriosa de una chica joven en el negativo. Mumler reveló la curiosidad y se la enseñó a sus amistades, diciéndoles que era muy parecida a una prima suya muerta.
De carácter alegre y siempre dispuesto para la broma, decidió bromear con una amigo espiritista y fingir que la retrato era una impresión real del más allá. El amigo se tragó el anzuelo, y enseguida la noticia empezó a correr por la ciudad, y el diario espiritista “The Banner of Light†(La bandera de luz) se hizo eco de ella.
El espÃritu de su prima con toda probabilidad no era más que el residuo de un anterior negativo capturado con la misma placa. Sin embargo, rápidamente aquel residuo se convirtió en una revelación, y Mumler en el oráculo de la cámara, acababa de nacer la retrato espiritista. Mumler no tardó en dedicar todo su tiempo al negocio de la retrato, y abrió su primer estudio. Su mujer, Hannah, se unió al negocio. Hannah era la encargada de recibir a los clientes, con los que acostumbraba a tener una pequeña charla en la que solÃan hablar de los espÃritus que querÃan ver aparecer, antes de pasar a la sesión de posado. Hannah se habÃa ganado una reputación como clarividente y a menudo hablaba sobre los espÃritus que rodeaban a los clientes de su marido. Mumler, sin embargo, era sólo una parte pasiva, que se encargaba de canalizar hacÃa la cámara la fuerza que circulaba a través de él. Tan simple como eso.
Los honorarios de Mumler eran extravagantes. En el momento más álgido de su éxito, Mumler cobraba 10 dólares por una docena de fotografÃas, cinco veces el precio habitual de la época, sin garantÃa alguna que aparecieran “extras†en ellas. Muy a menudo, asà ocurrÃa y sus clientes tenÃan que pagar por varias sesiones fotográficas.
Los fotógrafos de Boston no estaban tan encantados como sus clientes con Mumler. James Black, uno de estos fotógrafos, creÃa que todo era un timo, y creÃa saber cómo lo hacÃa. Black se apostó 50 dólares con Mumler que serÃa capaz de descubrirle. Examinó la cámara de Mumler, la placa y su sistema de procesado, incluso llegó a entrar en el cuarto obscuro con él. En su autobiografÃa, Mumler habla de la asombrosa incredulidad de Black cuando una imagen con forma fantasmagórica apareció en el negativo.
La técnica que usaba Mumler para hacer sus fotografÃas era objeto de gran especulación. En 1863 en un ensayo para el Atlantic Monthly, Oliver Wendell, otro ávido fotógrafo, no sólo explicaba paso a paso las instrucciones para obtener una doble exposición, sino que además hacÃa referencia a la popularidad de las fotos de Mumler: “con un fondo apropiado, fotografÃas asà son un refugio para las mentes débilesâ€. Para Wendell, una madre que acababa de perder a un hijo, y querÃa tener una foto de su espÃritu, poco le bastaba para verlo. Una mancha con apariencia de ropa de niño en la foto, y una confusa forma redondeada le bastarÃa para convertirla en su cara.
Aunque muchos de los espÃritus de Mumler encajaban en esa descripción de “forma confusaâ€, la mayorÃa de sus apariciones tenÃan facciones humanas y se entrecruzaban con los vivos. Eran espÃritus, no fantasmas, y en esta diferencia residÃa el éxito de Mumler. Mumler retrataba lo que los espiritistas veÃan, que después de la muerte habÃa un paraÃso, con sus propias escuelas, granjas y relaciones personales, pero sin muerte.
El negocio de Mumler empezó a decaer a medida que sus apariciones empezaron a ser consideradas una estafa. Incluso algunos prominentes espiritistas se habÃan quedado atónitos al descubrir que algunos de los espÃritus que aparecÃan en las fotografÃas de Mumler eran personas que todavÃa estaban vivas. En otros casos, se acusaba a Mumler de haber entrado en las casas de sus clientes y haber robado fotos de sus familiares muertos. Cartas enviadas a los periódicos dieron a conocer estas dobles-exposiciones, y la reputación de Mumler se resintió. Mumler no dijo nada, no se defendió, pero con el negocio a la baja decidió que era mejor mudarse a otra ciudad.
En 1868 Mumler llegó a Nueva York, ocho años después de sus inicios como fotógrafo espiritista. En Nueva York siguió con ese oficio y en tan sólo un año, en el que tomó unas 500 fotografÃas, se convirtió en el fotógrafo espiritista más conocido de la ciudad. Otra vez ese éxito lo puso en el punto de mira de los escépticos, esta vez fue el New York Sun el que envió a Charles Livermore, un financiero que era también espiritista, a tratar de desenmascarar el engaño.
Livermore posó para Mumler y después lo acompañó al cuarto de revelado. La sesión de revelado parecÃa de lo más normal, hasta que, de manera sorprendente, otra figura apareció detrás de él, abrazándole. Livermore era escéptico hasta aquel momento, pero entonces creyó. Allà delante de sus ojos, de la nada, su esposa muerta habÃa vuelto a él. Su espÃritu le habÃa atrapado. Allà estaba la prueba, la foto, para todos los escépticos y crÃticos.
El 16 de marzo de 1869, otro caballero visitó el estudio de Mumler en Broadway. Se presentó como William Bowditch y solicitó a Mumler un retrato con un familiar difunto. Después de pagar por la retrato, pero no poder ver el espÃritu prometido, Bowditch reveló que él también escondÃa un secreto: su nombre verdadero era Joseph Tooker y era en realidad un alguacil de la ciudad de Nueva York trabajando de incógnito – era el final de una investigación policial contra Mumler.
A principios de mes, un editor de ciencia del periódico World habÃa hecho llegar al alcalde Hall las quejas contra Mumler de los miembros de una reputada sociedad de fotógrafos de Nueva York. Estos preocupados por mantener la retrato como una medio veraz y fiable, y dándose cuenta de su extraordinario poder, expresaron su indignación contra el trabajo de Mumler y exigieron una acción inmediata. Tooker arrestó a Mumler el 12 de abril por “estafar a gente crédula con lo que él llamaba fotografÃas de espÃritusâ€.
“Espiritismo a los tribunalesâ€, “Un fraude estupendoâ€, “El presunto timo de la retrato espiritista†– los periódicos de Nueva York reflejaban en sus titulares la detención de Mumler. El interés que generó entre la población fue inmenso. El 21 de abril dio comienzo la vista preliminar, la sala estaba llena de espiritistas que se habÃan dado cita para mostrar su apoyo a Mumler. Para la prensa como para la acusación, William Mumler era sólo un sÃmbolo, el verdadero acusado era el movimiento espiritista.
El juicio se abrió con la llamada al estrado del alguacil Tooker por parte del fiscal . Tooker relató detalladamente su sesión fotográfica con Mumler, y entonces, aparentemente convencido que el testimonio de Tooker era más que suficiente para el procesamiento, el fiscal concluyó su alegato.
Mumler habÃa reunido un equipo de defensores un tanto pintoresco, liderado por John D. Townsned, un agresivo abogado. Los primeros testigos llamados fueron fotógrafos, todos ellos habÃan comprobado concienzudamente el trabajo de Mumler en su estudio sin detectar ninguna triquiñuela. A los fotógrafos les siguió un desfile de clientes. Uno a uno, estos corazones afligidos testificaron en defensa de su oráculo, aferrándose a sus fotografÃas, que se enseñaron a la sala y pasaron a convertirse en pruebas.
Livermore, el financiero enviado por The Sun, aseguró que era su mujer la que aparecÃa en sus fotografÃas, todos sus amigos lo corroboraban. “Fui allà con mi ojos abierto, como un escépticoâ€, dijo Livermore. HabÃa tratado de ser más listo que Mumler: Aunque tenÃa cita para el martes, fue el dÃa de antes, “para desconcertarlo. De repente, cambié de postura para frustrar cualquier preparativo… Estuve atento en todo momentoâ€.
Quizás el testimonio más desgarrador fue el de Luthera Reeves, que identificó el espÃritu de su foto con el hijo que habÃa perdido. Su chico, explicó, habÃa sufrido la misma desviación de columna que el espÃritu. Asà que, debÃa de ser él. Con estos testigos, la defensa habÃa puesto en serÃas dificultades al fiscal: ¿Cómo podÃa Mumler ser acusado de engañar a gente que claramente sostenÃa ver a sus seres amados en las fotografÃas?
La acusación se dio cuenta que habÃa cerrado su caso demasiado pronto, y de que el testimonio del alguacil serÃa insuficiente para probar el fraude de Mumler. Asà que reabrió el caso y llamó a declarar a su propia baterÃa de fotógrafos, cada uno de los cuales explicaba con sumo detalle como usando exposiciones dobles, cómplices disfrazados, lentes y otros trucos, Mumler podÃa crear sus apariciones. Uno de los fotógrafos explicó algunos de los errores de la foto de Livermore. El financiero proyectaba una sombra en una dirección, mientras que el espÃritu de su mujer lo hacÃa en la otra, un efecto que sólo era posible conseguir con dos fuentes de luz diferentes. Las imágenes habÃan sido tomadas de manera separada. Era o una doble exposición o un negativo manipulado. Además, ¿Por qué deberÃa un ser etéreo proyectar sombra alguna?
Phineas Taylor “P.T.†Barnum fue llamado como testigo de la acusación y ofreció una de sus más grandes actuaciones. Como rey nacional de la farsa y el espectáculo, su apariencia en el tribunal causó sensación. Barnum habÃa publicado hacÃa poco un libro sobre espiritismo, tachando a sus partidarios de “blasfemos saltimbanquis e impostoresâ€. En ese mismo libro, Barnum hablaba de una compra de fotografÃas espiritistas unos años antes para su museo. Durante su testimonio, Barnum aseguró que la persona a la que habÃa comprado esas fotografÃas no era otro que William Mumler. Según Barnum, él mismo habÃa intercambiado cartas con Mumler, en las que este habÃa confesado que sus fotografÃas eran falsas. Desafortunadamente, según dijo Barnum, esas fotos se habÃan perdido cuando se quemó su museo en 1865.
Barnum, en un intento de mostrar lo sencillo que era fotografiar espÃritus, mostró una foto suya con el mismÃsimo espÃritu de Abraham Lincoln, una retrato bastante similar a las que acostumbraba a hacer Mumler, y que el fotógrafo Abraham Bogardus habÃa obtenido mediante la doble exposición.
El abogado defensor aprovechó la reputación de farsante que tenÃa Barnum para desacreditarlo, “es un hombre de apesta a fraudeâ€. Cuando no pudo aportar ninguna de las cartas que supuestamente le habÃa escrito Mumler, lo tachó de mentiroso. El abogado también le recordó algunas de las curiosidades que Barnum habÃa exhibido en su museo, como la “Sirena de Feejee†o el “Caballo Lanudoâ€, y de ser uno de los más grandes charlatanes.
El 3 de mayo, Mumler, que no habÃa dado muestras de nerviosismo durante el juicio, subió por primera vez al estrado para dirigirse al tribunal. Una vez más, no reconoció nada: “Aseguro que no he usado ninguna triquiñuela ni aparato, ni tampoco me he aprovechado de ningún fraude o engaño, a la hora de tomar las fotografÃas.â€
Cuando Mumler acabó, el abogado de la defensa y el fiscal comenzaron sus alegatos finales. Townsend habló durante dos horas y acabó asegurando que “hombres como estos habrÃan colgado a Galileo, si hubieran vivido en su dÃaâ€. Su argumentación habÃa sido larga pero poderosa y bien fundamentada. El fiscal, por el contrario, ofreció una errática disertación que iba desde las alucinaciones, pasando por los fantasmas bÃblicos y la naturaleza pagana del espiritismo, hasta los nueve métodos de “fabricar†espÃritus. “No hay prueba alguna de nada espiritual†en las fotos de Mumler, “sólo evidencias de que ciertas personas creen que existenâ€.
Y entonces, sin más dilación, el juez pronunció su veredicto. Un veredicto ambiguo y confuso. El juez daba la razón al fiscal afirmando que estaba “moralmente convencido†que Mumler utilizaba el “engaño y el fraudeâ€. Sin embargo, ponÃa en libertad al fotógrafo. El fiscal habÃa sido incapaz de señalar que engaños usaba Mumler y, entonces, no habÃa caso.
Fue una decisión que no satisfizo a ninguna de las partes. ¿Tomó el juez la decisión más sencillo? O ¿consideró que en cuestión de fe y creencias existen varios grados de realidad y de verdad, y él no tenÃa potestad para decidir sobre ellos? En cualquier caso, Mumler fue liberado, y sus camaradas del movimiento de la “nueva luz†celebraron la liberación de su mártir.
Aunque Mumler habÃa conseguido una cierta fama gracias al caso, su reputación y sus finanzas se habÃan resentido seriamente. Inmediatamente después del juicio decidió dejar Nueva York y regresar a Boston, donde abrirÃa otro estudio fotográfico, aunque mucho más modesto. Mumler continuó con su extraña profesión, fotografiando creyentes a los que proporcionaba sus dudosos consuelos. En esta época final es cuando Mumler realizarÃa su foto más famosa, la de la viuda de Abraham Lincoln con el espÃritu de este.
Según una versión de la historia, Mary Todd Lincoln entró en el estudio de Mumler oculta bajo un velo negro y dando un nombre falso. Mary, destrozada por el asesinato de su marido y la muerte de tres de sus cuatro hijos antes de que cumplieran los 18, habÃa recurrido hacÃa tiempo al espiritismo para obtener consuelo, pero se sabÃa muchos de sus trucos y fraudes. Decidida a no dejarse engañar, no reveló su cara hasta justo el momento de la foto. Mumler no la reconoció, o eso aseguraba, hasta el momento de revelar la retrato, el momento en que el espÃritu de su marido apareció detrás de ella, apoyando sus manos sobre sus hombros.
Mumler morirÃa a los pocos años, en 1884. Su talento como fotógrafo sólo rivalizó con su talento como artista de la estafa, pero murió pobre, no consiguió recuperarse de los 3.000 dólares que le costó su defensa, una pequeña fortuna en aquella época. Pese a todas su vicisitudes, Mumler mantuvo hasta el final que él era “únicamente un mero instrumento†para la revelación de la “hermosa verdadâ€. Para que nadie pudiera probar lo contrario, Mumler destruyó todos sus negativos poco antes de su muerte.
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+info:
- The Ghost and Mr. Mumler in historynet.com
- William H. Mumler in en.wikipedia.org
- The Mumler Mystery in The American Museum of Photography
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