Salir del viaje tradicional y recorrer Río a través de su música es la mejor forma de sentir el inconfundible ritmo carioca en la piel. Sólo una guía, la voz do Brasil.

Aunque para todos Rio de Janeiro es la “cidade maravilhosa”, el estereotipo turístico de Rio deja de lado su aspecto urbano. Cuando la recorremos seguimos el itinerario de las tarjetas postales: de Copacabana al Pão de Açúcar, de Ipanema al Corcovado.
Esta vez, además de caminar sin descanso durante el día y de disfrutar del mar en una época en que las playas todavía están casi vacías, uno de los grandes atractivos de mi viaje consistiría en explorar los sonidos de la ciudad.

GAROTA DE IPANEMA
Empecé por lo más obvio, caminé siguiendo las direcciones que figuran en las guías y fui a los bares de Ipanema y Leblon que frecuentaban los grandes personajes de la bossa nova como Tom Jobim o Vinicius de Moraes.
No sabía qué iba a encontrar, pero esperaba poder oír buena música y sentarme a tomar algo en un ambiente interesante. Sin embargo me llevé una decepción. El bar Garota de Ipanema, por ejemplo, en la calle Vinicius de Moraes número 49, es un lugar con un aspecto mediocre, con la apariencia de vivir exclusivamente de los rituales de los turistas. Lo mismo pasó con otros que hay en los alrededores. Muchos son restaurantes poco atractivos que ofrecen cena con show a los visitantes. Decidí que no valía la pena volver por la noche.
Como todavía era temprano y estaba a sólo un par de calles del mar, caminé hacia la playa. En esa dirección, mi suerte habría de mejorar, a fin de cuentas siempre preferí la vieja guardia del samba a las melodías de la bossa.

SAMBA EN EL ARPOADOR
Caminando por la playa de Ipanema, ví un cartel con la foto de un cantante que me resultaba conocido, me acerqué, era Ary Barroso, “o mais brasileiro dos brasileiros”, uno de los maestros de la vieja guardia del samba.
Rio de Janeiro volvía a darme una gran sorpresa: se trataba de un recital en homenaje a quien escribiera, como Noel Rosa o Cartola, ya desde los años ‘30, composiciones maravillosas y llenas de ironía, cuyas letras reflejan una de las características de la idiosincracia carioca -y acaso brasilera-: la capacidad de conservar la alegría en casi cualquier circunstancia.
Esta música ahora se puede oir en ediciones remasterizadas. Hay un sello, por ejemplo, que se llama Revivendo (revivendo@sul.com.br) y tiene un catálogo de cds muy variado y recomendable. Sin embargo, lo mejor es que aun en estas versiones, siempre va a tener la gracia de sonar a viejo, con el ruido a fritura de las grabaciones originales y, a veces, con orquestaciones muy parecidas a las del tango de aquella época.

El show que se anunciaba era en el Arpoador, una saliente de piedra que separa la playa de Copacabana de la de Ipanema. El tiempo me alcanzaba para llegar, pero apuré el paso porque la tarde se nublaba y comenzaba a lloviznar.
Una vez ahí, encontré el escenario armado en una especie de plaza donde el gobierno de la ciudad organiza espectáculos gratuitos. El show fue breve y grato. Entre el público no había turistas y todos conocían y cantaban las canciones. Los músicos, viejos, llenos de carisma, se tentaban e interrumpían sus actuaciones para contar anécdotas que evocaban los tiempos de Ary Barroso.
Cuando terminó anochecía y yo me quedé en el lugar, un rincón de Rio muy especial. En el lado del Arpoador que da a Copacabana hay una zona militar. En el otro lado, hay unas rocas altas desde las que se pueden observar las playas de Ipanema y Leblon. Ahí, de día, muchos buscan las olas un poco más picadas para tratar de surfear. Pero de noche hay una vista privilegiada de la silueta de la ciudad, la playa iluminada por faros poderosos y el mar inmensamente oscuro; y los senderos y bancos del Arpoador llegan a convertirse en refugio de parejas jóvenes o escenario del flirt gay.
Me fui con la sensación de haberme dado un gusto y de querer más, pensando en levantarme temprano la mañana siguiente para comprar el Jornal do Brasil y buscar qué había para hacer en su suplemento de espectáculos, el Caderno B.

ROCK EN EL SHOPPING CENTER (1): OS PARALAMAS DO SUCESSO Y TITÃS
En la agenda del Caderno B, encontré muchos shows que tentarían a cualquier amante de la Música Popular Brasilera (MPB), como la presentación de Chico Buarque en el Canecão después de años de no cantar en vivo, pero también recitales de rock.
Chico Buarque es un clásico, y su presentación en ese famoso anfiteatro de Rio merecería una reseña aparte. Sin embargo, y sólo para aquel que gusta de la música brasilera, quizás valga la pena mencionar un par de lugares que yo conocí por primera vez en este viaje y que creo que se pueden tener en cuenta.
El show más grande que vi fue el de Os Paralamas do Sucesso y Titãs, dos bandas rock surgidas en Brasil en los ‘80; las más importantes junto con Legião Urbana y Barão Bermelho.
La cita era en un shopping de Barra da Tijuca, pero el recorrido comenzó dando vueltas por Rio hasta encontrar una estación de servicio Shell adherida al sistema Ticketronics para comprar la entrada anticipada (30 reales, unos 15 dólares) sin tener que ir hasta Barra.
Después, el viaje fue de por sí especial. Decidí ir en camioneta, porque iba a ser más rápido que el bus de línea y de todos modos no era caro. Estos coches pasan por la avenida Atlántica, los conductores ponen carteles con el destino y van mirando si alguien quiere subir. Yo paré una, era el primer pasajero y me senté adelante para ver mejor el paisaje y para conversar con el conductor, que resultó un personaje curioso. Le conté a dónde iba, él me dijo que no le gustaba el rock. Quise ser amable y mencioné algún género de música local, pero él declaró que tampoco le gustaba, él sólo escuchaba jazz. Era “jazzmaníaco”, dijo, y puso una cinta de Bill Evans, y mientras la adelantaba buscando los solos de contrabajo me nombraba a todos los músicos extranjeros que habían tocado en Rio y él había podido ver. Lo llamativo era que, abstraído como estaba con su música, al señor no pareció importarle ir con el coche vacío, cuando comúnmente una camioneta se niega a hacer un viaje largo si no completa su capacidad. En eso, una chica muy bonita con un vestido amarillo le hizo señas y, cuando iba a subir, él le puso como condición que le gustara el jazz, a esa altura no estaba dispuesto a tener que bajar el volumen. Ella aceptó, y yo viajé con dos gratas distracciones mientras observaba la espectacular vista del mar desde la autopista a la altura del hotel Sherathon y a través del túnel que pasa por debajo del morro de la Rozinha, una de las favelas más grandes de Brasil. La chica en cuestión buscaba un hotel que no conocía, acababan de llamarla por teléfono. Los tres leímos hasta encontrarlo los nombres de los lujosos edificios de la playa de Barra. Estábamos en presencia de otro de los fenómenos locales, ella pagó, se despidió, fue a trabajar.
De camino al Shopping Via Parque, me sorprendió la cantidad enorme de centros comerciales que se construyeron por allí en los últimos años. Una vez en él, bajé al Metropolitan, una moderna sala subterránea, muy grande, completamente alfombrada, iluminada con cadenas de luces dicroicas, señalizada, con varios puestos de venta de panchos y enormes pantallas repitiendo los comerciales del auspiciante. Cuando salieron los Titãs, el alarido de las niñas, que formaban parte de un público cuyo promedio de edad era muy inferior a 20 años, me convenció de estar en el lugar equivocado. Lo mismo pasó cuando subieron a escenario los Paralamas do Sucesso. Lo sobrellevé cantando los estribillos de los temas que conocía y huí antes de que acabara. Así me despedí de las que habían sido mis bandas preferidas unos años atrás.
El conductor de la camioneta que me trajo de vuelta no dejó de quejarse de tener un asiento vacío por acceder a llevarme en lugar de esperar a otra pareja. Fue una suerte que eso no bastara para quitarme las ganas de volver, al día siguiente, a ver un show en un centro comercial.

ROCK EN EL SHOPPING CENTER (2): ADRIANA CALCANHOTO

El segundo intento en un centro comercial de Barra da Tijuca fue muy diferente. Fui a ver a Adriana Calcanhoto al Garden Hall. La sala era muy cómoda, con mesas en tres niveles, adecuada para el público, que esta vez superaba los treinta y entre el cual estaba, casualmente, Hebert Vianna, el cantante de los Paralamas. El show de la gaúcha fue delicioso y sutil.
Compartí la mesa con una pareja, cariocas que, en lugar de decirme que hablaba mal, tuvieron la gentileza de preguntar si era portugués. Conversamos, ella esbozó una comparación entre Marisa Monte y Adriana Calcanhoto usando una imagen que describía bien el carácter de cada una: “sandalia” y “zapato alto”, dijo. Aquella alegre, enérgica y popular, esta intelectual y delicada hasta el capricho.
Calcanhoto cantó sola con su guitarra. Hacia el final del show, alguien subió al escenario para acompañarla haciendo percusión sobre un libro mientras ella recitaba textos del poeta portugués Mário de Sá-Carneiro. La experiencia fue reparadora.

MAURICIOS Y PATRICIAS EN BOTAFOGO
De vuelta en la ciudad, y dispuesto a ver que hay de nuevo en el rock brasilero fui a dar a una suerte de pub llamado The Ballroom, en la avenida Humaiatá, barrio de Botafogo. Mientras esperaba a una banda llamada Penelope, me dediqué a observar. A mi lado sonó un teléfono celular y todos buscaron el suyo, el lugar estaba lleno de lo que en Brasil llaman “Maurizinhos” y “Patrizinhas” (pequeños Mauricios y pequeñas Patricias), es decir, nenes de mamá.
La banda llegó, presentaron un video que acababa de estrenarse en la MTV. En el video una patrizinha de ojos grandes, trencitas y dibujos japoneses en la ropa cantaba en un carrusel. No cantaba mal, terminaron por caerme simpáticos.
Salí del Ballroom con demasiada energía como para ir a dormir. Elegí un bus que iba hacia el centro.

HIP HOP & KUNG FU
Me pregunté a dónde irían a bailar los cariocas. Descarté Help, la vistosa discoteca de Copacabana, seguramente la más famosa de Rio. Ya había hecho la experiencia etnográfica en un viaje anterior: una pista de baile donde sólo había gringos y prostitutas. Me dirigí al centro, a un lugar llamado Estudiantina, un salón en un primer piso con un balcón a la plaza Tiradentes. Por el balcón se oía el ritmo insistente del pagode, pero se veía también que el salón estaba vacío.
La plaza Tiradentes es un lugar raro por las noches. Bastante desértico, en una de sus esquinas se reunía un grupo numeroso de gente, visiblemente pobre, a escuchar la prédica de un dudoso pastor encaramado en una lata. Observé durante un rato. Al fin y al cabo ninguno, ningún pastor deja de ser dudoso, corregí mi pensamiento. Y caminé hacia el lado contrario y tomé la Rua do Carioca.
A pocos metros por esa calle oscura, en el número 51, otro grupo de gente se amontonaba. Era la puerta del Cine Iris, donde los carteles anunciando films porno y streap tease en vivo contrastaban con los aires de distinción y la belleza aún perceptible del antiguo edificio y delataban el destino de su pantalla. En el viejo cine porno había una fiesta. Su descripción merece ser destacada.
En los años ‘20, se dio a conocer en Brasil un programa estético de vanguardia llamado “antropofagia” porque sus premisas aludían a la idea de devorar, incorporar y transformar los signos dominantes de la cultura europea como en otro tiempo los indios caníbales habían devorado a los conquistadores. La mezcla insólita que encontré al atravesar el molinete de la entrada fue una muestra de esta transformación caníbal, aunque nunca habrá de quedar claro quién comió a quién.
En el hall de entrada había una barra donde obtuve un Margarita; ingresé a la sala. En la pantalla proyectaban Operación Dragón, de Bruce Lee; en el escenario un carioca con larguísimas trenzas rastafaris cantaba hip-hop en portugués; y a los costados de las desvencijadas butacas, donde algunos dormían, unos chicos calvos vestidos como monjes Shaolin hacían demostraciones de kung-fu. Por una escalera lateral de hierro forjado subí al galpón intermedio. Había una pista baile en la que dos dj’s animaban a un grupo de danzantes con sonidos electrónicos. Siguiendo por la escalera se llegaba a una terraza. Una terraza en el centro de Rio desde donde se veían las cúpulas de un par de iglesias de estilo colonial y formas coloridas y cambiantes proyectadas con diapositivas sobre los edificios vecinos. En contacto con el aire nocturno, los que llegaban aquí arriba se despejaban meciéndose con cadencias más serenas. Antes de tomar el taxi de regreso a mi hotel, visité el stand de ropas modernas y los bancos de masajes orientales. La fiesta que dejaba en la clásica Rua do Carioca había sido al menos tan colorida como snob. “Até a estação Catete, por favor”, le dije al taxista. Un carioca que, en lugar de decirme que hablaba mal, tuvo la gentileza de preguntar si era de la antigua colonia portuguesa de Angola. Rio no es solamente bossa-nova, pensé.

INFO

¿CÓMO LLEGAR?
En avión desde tu ciudad; y después en buses que salen regularmente desde el aeropuerto al centro de Rio, en un recorrido cómodo y barato.

¿CUÁNDO IR?
Siempre. En invierno las playas están vacías porque para los cariocas “es invierno” aunque el clima sea excelente. En verano las playas están atiborradas de gente, pero uno puede disfrutar incluso de eso. Tener en cuenta el carnaval y evitar Rio en esos días si lo que se busca es un lugar sereno.

¿QUÉ COMPRAR?
Para quien gusta de la música brasilera es la oportunidad de comprar discos que no se consiguen en tu país. La cadena Lojas Americanas tiene el mejor precio; Livraria Saraiva, en el centro, es un buen lugar para ver discos y libros; en Leblon hay tiendas especializadas en samba y bossa-nova aunque con precios bastante más elevados.

RECOMENDACIONES:
Caminar mucho y no desaprovechar todo lo que Rio ofrece además de la playa, especialmente en lo que a música se refiere.

Filed under: America

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